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Estaba sentada en el asiento copiloto del carro de mi padre. Era un Chevrolet Silverado, con el interior plagado de aroma de pino. A través del empañado parabrisa observamos el cielo plomizo, mientras por mi cabeza pasaba el enfermizo nombre de Alfa y Omega.

—Tu madre esta desesperada —dijo mi papá, intranquilo—. Mi celular no ha dejado de chillar toda la noche y gasté toda mi saliva diciéndole que estábamos para irnos a Miraflores.

No hable. Sólo quedé mirando el cielo plomizo, mientras los enormes paneles de publicidad me distraían.

— ¡Cristina, te estoy hablando!

—Cállate, papá —dije susurrando, con los ojos posados en niños llevando globos de helio—. ¿No puedes calmarte…?

— ¿Calmarme, hija? ¡Ese imbécil te pudo haber violado!

—Ya lo sé, papá. Es que Emma y Omar resultaron heridos al caer de la escalera…

—Se curarán, hija —dijo a secas, tajante.

—“Se curarán, hija” Papá, Emma se fracturó la cabeza y Omar casi muere. ¡Lo que odio de ti es tu presencia desaparecida! ¡Ni siquiera estás en la casa! ¡Y parece que te doy por muerto!

—No me hables así, Cristina —me calló con una voz furiosa, haciendo gestos enfáticos por cada tajante palabra—. No hubiese pasado esto, si no te hubieras dedicado estar en ese maldito Messenger!

Hablé la boca para hablar.

— ¡Y cállate que la gente está mirándonos!

Quedé sedada con su furia. Miré por el parabrisas y había personas que nos miraban con aprensión. Las personas se detuvieron a vernos mejor, con caras de entrometidos, distraídos por los gestos tajantes de mi padre, mientras el semáforo indicaba rojo.

—Cuando lleguemos a casa, no le cuentes cualquier tontería a tu madre. Ni de esta conversación…

No le hice caso. Tenía mi vista fija en un punto. Cualquiera se pudio haberse percatado. Pero esto me pareció muy raro. Mi padre seguía hablándome, pero aquello me mantuvo en un trance.

El hacker nunca se deja ver, pero sus productos sí…

El emoticon macabro de él estaba ahí. Dibujado en un globo amarillo de helio. Flotando sobre la cabeza de un niño que reía descontroladamente.

Cristina…

El globo dio una vuelta sobre ella, mientras los ojos me miraban. Mi padre me estaba hablando, pero no le hice caso. Aquel globo me estaba engullendo en un tremendo temor. Mi vista se disipó, y tuve en frente un flashback. No estaba agonizando. El globo fue reemplazado por la pantalla roja, con el emoticon.

Sentí un silbido en mi oído, que se agudizó. Las personas comenzaron a moverse lentas, sin importancia, yo permanecía hipnotizada por ese globo desplazándose por el aire. Escuché un estallido vidrioso en mi pensamiento atolondrado.

—Cristina —me llamó mi padre.

Me sobresalté, mirándome los brazos llenos de heridas. El semáforo seguía en rojo, pero el niño con el globo amarillo estaba en la distancia.

— ¿Qué te pasa?

—Nada —respondí callada. Aquello desvaneció mi repentina furia hacia mi papá.

Todavía mi vista estaba impregnada por la coloración roja de las pantallas. Como si hubiese visto un punto rojo durante mucho tiempo y después se quedará presente en la vista, después que aquel punto desapareciera.

El semáforo rojo se puso en ámbar. Quisiera verte… Y luego en verde. Los carros revivieron y fueron reyes de la pista. Mi papá no habló. Solamente se quedó mirándome de reojo, asustado, circunspecto, enojado.

Mi celular sonó dentro de un rato. El identificador decía que era mi madre. Mi padre botó un bufido de impaciencia.

—Hola, hija

—Mamá, no puedes calmarte. Acabas de llamarme hace quince minutos. Y no paraste de llamarnos desde que me desperté.

—Discúlpame, hija. Estoy asustada de que te pase algo. Pasaron tu caso por el noticiero…

— ¿Qué?

— ¿Qué dice  tu madre?

Tapé el auricular.

—Mi caso salió en los noticieros.

— ¡Qué! ¿Tan rápido se enteró la prensa?

—Y ¿cómo están tus amigos, Cristina? —preguntó mi madre con un tono lastimero.

—Están graves, mamá. Realmente graves —levantando la voz para que mi padre escuchara. Botó otro bufido de tremenda desaprobación—. Emma esta con una fractura en la cabeza y Omar tiene una nariz totalmente rota.

— ¡Ay, me muero! —dijo mi madre, con su frase característica de ella.

— ¿Y ya lo encontraron?

—Hemos hablado con la policía. No han llegado a identificar al sospechoso por nada. ¿Salió algo en las noticias?

—Anunciaron tu caso, pero lo bueno es que no te contactó la prensa. Hablaron con la policía. Dijeron que están haciendo una rigorosa búsqueda del sospechoso, porque ya tuvo seis víctimas anteriormente —Las chicas del vídeo, pensé—. Contactaron con las víctimas anteriores, pero se negaron dar el paradero de las víctimas a la prensa. Lo raro es tu caso, Cristina…

— ¿Qué es lo raro, mamá?

—Tú te salvaste —mi madre hablaba susurrando, preocupada, alterada, casi en el taciturno completo.

— ¿Cómo que me salvé?

—Las otras chicas resultaron…

—Resultaron cómo, mamá.

—Esto es terrible, hija.

—Mamá, puedes hablar, por favor —bajé la voz. Aproveche que un camión ruidoso estaba a lado nosotros—. Si no me dices qué pasó, me voy a aterrar más.

—Ay, hijita…

—Habla ya, mamá.

—…

—Mamá…

—Fueron violadas. Una de ellas tuvo un hijo —Mi ojos se quedaron tiesos—. Una resultó muerta… Nadie les vio la cara. Santos Dios, hija. ¿No te enteraste de eso? —Profirió un tono molesto.

El cambio de humor fue repentino.

—Mamá, paro el mayor tiempo en la universidad.

—Y en ese programa de la computadora… ¿cómo se llama? Missenger, Mosunger

—Messenger

—Esa cosa… Cuándo vienes a la casa, voy a hablar seriamente contigo.

—Ya soy adulta y no vengas con tus reñidas…

—Una adulta inmadura.

—Por favor, mamá. No vengas con tus cositas.

—No me interesa si tienes veinte años, hijita —enfatizando “hijita” de manera muy punzante—. Pero me di cuenta que aún te falta mucho por madurar. No entiendo. ¿Qué hice mal contigo?

—No hiciste nada mal conmigo.

—Cuando vienes hablamos ya. Chao —y colgó.

Seguro a mi padre no le faltó preguntar qué paso, porque se dio cuenta a través de mi consternado rostro enfurecido. Se rió. Me irrité. Miré por la ventanilla, con mis padres oponiéndose contra mí y el extraño usuario. Como si fuera cómplice de él.

Llegamos a  Miraflores. Con él, todo alrededor cargado de publicidad, personas caminando de un lado a otro, el chorro de agua de la fuente del  Óvalo llegando casi al cielo, los cines, las tiendas, los restaurantes, todo formando un adorno lleno de algo contemporáneo.

Giramos a la derecha y entramos a otra calle, paralelo al parque Kennedy y la Iglesia. Observé personas sentadas, tomando aire parcialmente fresco, chicos lindos estudiando bajo la sombra de árboles, abuelitas conversando de sus pasatiempos. Me dormí en todo el trayecto hasta aquí. Mi madre no me llamó después de la ruda conversación. Y lo consideraba “rudo” por algunas razones tan obvias. Doblamos por la izquierda, entrando a la avenida Benavides. Los altos edificios, considerándolo así, porque jamás he viajado a la ciudad de los rascacielos, nos taparon con sus sombras. Hasta ahora esto eran lo más altos que he visto. El Chevrolet Silverado dobló por la derecha y entramos a la avenida Porta. A diferencia a la Benavides preferencial con su establecimientos comerciales, esta era como una calle común y corriente, con casas contiguas, como departamentos, adornados de jardines, verjas de entradas y puertas barnizadas. Lo que quedaba era el lujo.

El auto se estacionó delante de una casa de aspecto como la casa de los siete enanitos. Blanca, dos pisos, el techo al puro estilo irlandés, ventanas con alfeizares y un puerta barnizada con un complicado tallado. El jardín era pequeño, cargado de flores y arbustos, separado por un corto sendero. La verja de entrada era un diseño siempre raro, que nunca le pregunté a mi madre de qué se trataba.

Bajamos del auto. Mi padre puso la alarma con ese controlcito. La puerta barnizada se abrió de repente y mi madre apareció. Tenía el aspecto cansado, con el rostro ligeramente arrugado. Estaba ataviada con una ropa normal, una blusa con un estampado  y unos jeans azules, y unos tacones.

Cuando me vio, vino corriendo hacia mí. No enfurecida, sino contenta de verme. Abrió la verja y me abrazó. Mi padre boto su bufido de impaciencia. Miró de reojo y entro a la casa.

— ¿Estás bien, hija?

—Estoy bien, mamá. Gracias.

—Vamos, hija. Entra

Caminamos por el sendero y entramos a la casa. Mi papá estaba sentado en el sofá, leyendo el periódico. Mi madre me hizo sentar en un puf de gran tamaño, delante de mi padre, mientras se iba a la cocina. Mi casa no había cambiado. Seguía reluciente como siempre. Con ese olor almizcleño, la luz que entra por las claraboyas y muchas otras cosas. La presencia de un computadora era fundamenta y estaba ahí, junto a la portentosa chimenea.

—La noticia no está en los periódicos. Qué bueno —comentó mi papá.

Mi madre regresó con un vaso lleno de refresco de maracuyá. Me la ofreció y yo tomé un sorbo. Ella me preguntó toda la historia ahora que estaba mi presencia. Le conté todo, de mi llegada de la universidad, haciendo la tarea en la computadora, descansado revisando mi correo y chateando, y encontrar de repente a ese extraño usuario. Puso un gesto ceñudo, llevando una mano al pecho. Lo que siempre hacen las señoras. Cuando entré a la parte de que me vio por la ventana y corre asustada. Mi madre se puso de pie y gritó:

— ¡Ay, Humberto! ¡Esto es horrible!

— ¿Y por qué me lo dices a mí, Asunción? Deberías decirlo a ella —apuntándome—. Eso le pasa por estar todo el tiempo en ese maldito Chat… Y eso no hubiera pasado, sino hubiese estado todo el tiempo ahí.

— ¡Papá! ¡Estuvo a dos casas de la de nosotros! ¿Crees que tiene que ver algo el Messenger en esto? Ya te dije, no hubiera pasado nada de esto si hubieses estado en la casa.

—No me eches la culpa, señorita… —contraatacó mi papá. Botó el periódico al suelo—. Tu tienes la culpa por andarte juntando con tarados de la universidad.

— ¿Ellos la culpa, papá? ¿Qué tienen que ver ellos en esto? Él me estuvo vigilando. ¿No crees que estuvo mucho tiempo antes en el vecindario?

— ¿Y cómo sabes eso? —pestañeo, esperando mi respuesta. Mi madre se había quedado ausente, como si hubiese esfumado cuando había gritado.

— ¡Porque busco la lógica, papá!

— ¿Pero cómo supo tu dirección?

—Cara… —me pausé. Mi madre quiso abrir la boca para hablar y mi padre abrió los ojos enormemente—. Viste la habitación llena de computadoras. ¿Acaso no te contaron que era un hacker?

Me puse muy impaciente.

—       ¿Saben qué?, no voy a soportar que me echen la culpa de todo —no quería quedarme callada. Escuchando las acusaciones de mi padre. Tenía autocontrol, pero esta vez ya me había sacado de mis casillas—. Si están aquí para que me apoyen, no voy a aceptar que me pongan como cómplice. Gracias mamá por tu bienvenida. Voy a dormir.

Sobré el refresco de maracuyá. Lo entregué a mi madre. Y me dirigí a la escalera. No voltee a verlos, pero estaba segura que me miraban con ojos penetrantes, lleno de una contrariedad inusitada. Subí la escalera sonoramente, pisando fuerte, retumbando la madera. Llegué  a mi antiguo cuarto, entré y me tumbé en la cama, mirando el techo. Lo que me gustaba de mi cama era sus sábanas, que te engullían con su suavidad.

Por mi cabeza pasó el rostro asustado de mi mamá y la expresión ceñuda de mi padre. En el techo comenzó a dibujarse todo lo que pasó —estaba recordando, por supuesto—, apareciendo la silueta de él con la cámara de mano grabándome. Se dibujó también el emoticon de las pantallas y del globo. La cara inconsciente de Emma y la nariz irreconocible de Omar. La bola de cristal surcando toda la habitación. Era fácil recordar lo que me pasó. No me sucedió nada feo como eso en mucho tiempo, después de presenciar la muerte de hermano.

La luz de la ventana entró con más intensidad. Tenía que ser la diez. No levanté mi celular para ver la hora. Sólo me quede así hasta que mi celular sonó. Era un mensaje de Andrea.

Ola, Cristina. Me contaron todo lo que te paso y a Emma y Omar. Todos aquí están preocupados también.  Lo siento por no llamarte. Es que estoy muy ocupada, en clase. Chao. T_T

Me quedé mirando el mensaje durante un rato. Me quede echada en la cama, sin dormirme. Solamente contemplaba el cuarto. Y durante ese lapso recibí muchos mensajes, demasiados.

— ¿Cristina? ¿Hija? —llamó mi mamá desde la puerta.

—Vienes a decirme otras cosas, mamá.

—No, hija

— ¿Entonces?

—Hay dos policías que quieren hablar contigo. Están abajo.

Lo que me faltaba. Me levanté de la cama, deslizándome por las sábanas. Mi madre puso su aspecto de niña lastimada, pero no quise abrazarle. Bajé y encontré a los dos policías sentados en el sofá donde estuve mi padre, que ahora estaba sentado en el enorme puf.

—Buenos días, señorita Cristina. Tenemos noticias sobre el sospechoso —estreché las manos de los dos. Me senté en un sofá pequeño y mi madre se quedó parada junto a la ventana, vigilando a los vecinos.

—Hemos descubierto que perteneció a un grupo de hackers, dueños de un sitio web ilegal donde ponían a disponibilidad de descargas muchos artículos sin ningún estreno previsto —dijo el primer policía. El otro no se le escuchó a continuación.

— ¿Con qué nombre? —preguntó mi padre.

—No hay nombre por ahora. Se halló con el mismo “seudónimo” que nos describió la señorita: Alfa y Omega.

— ¿Y cómo están seguros de que es él?

—Aquel nombre tiene un enlace que lleva a un perfil.

—Podemos verlo en la computadora —dijo mi padre, indicando al ordenador y haciendo el ademán para levantarse del puf.

—No será necesario, señor. Aquella página tiene una cantidad de virus. Y es posible que su computadora se descomponga al entrar a la página. Pero le trajimos capturas de la página y el perfil.

El segundo policía sacó unos papeles de una carpeta.

—Según Telefónica, el servidor de la página es totalmente ilegal.

Recibí la captura. La portada de la página era completamente negra. Las letras verdes y tenía una estructura bastante simplona. Estaba encabezada con un título, también verde, llamando a la página como Warez Peruano. Miré la lista de los colaboradores, todos con “seudónimos”, y entre ellas estaba el nombre de él. Alfa y Omega.

—Este es el perfil del sospechoso.

Cuando me entregó la captura, mi mirada se posó en una cosa: el emoticon. Estaba junto a su seudónimo. Aquí decía que había iniciado su sesión el sábado 4 de julio, ayer, y era una hora antes que me había asustado. Eso era una pista.

Al despedirme de los policías, me calmé un poco. Me dejaron las capturas, porque ellos tenían otras. Cuando abrieron la puerta, eché un vistazo a la calle y distinguí a los vecinos, viendo el carro de policía.

Cuando cerramos la puerta, mi hombro sintió la mano de mamá. Mi padre sólo se fue a sentar nuevamente en el sofá.

Mi madre se quedó mirándolo.

—Humberto, ¿puedes hacerme un favor?

— ¿Qué?

—Ee… ¿puedes acompañar a Cristina a los parapentes?

Salí de mi ensimismamiento. Mi papá profirió un “¿uh?”, expresando un rostro perdido.

— ¿Puedes acompañar a tu hija a los parapentes?

— ¿Y para qué?

—Creo que sería bueno para que se le pase la tensión. Con todo lo que le está pasando…

—Está bien —asintió mi padre.

—… eso podría…

— ¡Está bien! Iré con ella en la tarde. Después del almuerzo.

Y así fue. No sé si sonreí ante aquella propuesta, pero quedé un poco aliviada. El almuerzo fue muy tenso, que apenas pude sentir el sabor del escabeche. Mi padre no levantó de la mirada del almuerzo, y sólo lo hizo cuando quería algo más.

Para arruinar la situación sólo faltó que sonará mi celular. Ellos me miraron con malos ojos, pero contesté. Era Andrea con su voz atiplada, estropeada.

—Hola, Cristina.

—Ah, hola, Andrea. Recibí tu mensaje.

—Estaba preocupada. Te cuento que fui a visitar a Emma y Omar…

— ¡Dios! ¿Cómo están los dos?

—Están bien. Hubo derrame de sangre de la nariz de Omar, pero están bien.

—Eso me tranquiliza. Cuando fui al hospital en la mañana, Omar estaba teniendo una horrible hemorragia por la nariz.

—Pobrecito —dijo melancólica—. ¿Y qué estás haciendo ahora?

—Estoy almorzando, después que vino la policía. Voy a los parapentes para dejar de tensarme.

— ¿A los parapentes? ¡Que bueno…! Los parapentes…

— ¿Dijiste algo, Andrea? —pregunté intimidada.

—Dije qué… —pausó su emoción.

—Nada…

— ¿Qué pasa?

—Nada, nada… Sólo te digo que voy a ir a los parapentes y de ahí me voy de nuevo al hospital a visitar a Emma y Omar… —Boté un suspiro.

— ¿Qué te pasa?

—Me siento muy mal por ellos. Parece que no fui la víctima, sino ellos. Salí ilesa de todo lo ocurrido.

—…

—Por eso quiero que den con él.

—Seguro lo harán… Cristina… No… Ellos…

— ¿Qué dices, Andrea? —pregunté impaciente.

—Seguro lo harán como tu dicen, Cristina —me contestó como si yo fuera una sorda—. No pasará nada. Ellos lo van a encontrar.

—Cristina… —llamó mi mamá. Voltee a verla. Ella me dijo susurrando—: ¿Ya?

—Gracias, amiga. Tengo que irme porque debo terminar el almuerzo, para luego ir a los parapentes.

—Bien, bien. Chao, amiga. Te espero en el hospital.

—De acuerdo, chao, chao.

—Chao.

Continúe con el almuerzo. Mi madre me miraba con mala cara. No importó eso. Al menos alguien de mis amigos me llamó y no me sentí tan encerrada en este cuidado.

Al terminar el almuerzo, fui a ducharme. Me coloqué la ropa más adecuada y bajé al encuentro de mi padre, que estaba en la puerta barnizada.

—Ahorita regresamos, Asunción.

—Tengan cuidado, por favor.

Salimos de la casa, subimos al Silverado y fuimos en dirección a los parapentes. Recorrimos a lo largo de Porta y salimos hacia la costa. No hablamos en todo el trayecto. Pasamos por un puente y el  Parque del Amor y llegamos a la zona de los parapentes. Estacionamos el carro en una playa y descendimos de ella.

En ese momento, un parapente se alzaba del precipicio con su piloto y su pasajero, contrastándose con el cielo plomizo. Y había otro a la distancia. En ese momento, el viento se le sentía frío y fuerte, agitando mi pelo largo y castaño. No tenía frío, solo estaba ansiosa de subirme a ella. Parecía que mamá tenía razón: me calmó un poco la tensión.

Papá pagó y pidió un boleto. Había muchos profesionales con sus parapentes, agitándolos al ritmo del viento, probándolos. En eso, mi mente femenina, se centró en uno de ellos. Era alto, fornido, pelo color miel y un increíble rostro. Y para hacerlo más increíble, me estaba mirando. Mordí mi labio inferior de pura picardía.

Él estaba sin clientela y era el único que quedaba. Todos los demás estaban flotando en el aire. Un señor nos guió, caminé junto a mi padre por una entrada y llegamos al despejado precipicio, con césped.

—Espérame un ratito, señorita… —Por suerte mía, llamó al chico—. Tú, ven… Lleva a la muchacha a un paseo.

—De acuerdo. Bien… Hola —me saludó. Tenía una voz hermosa, que me sonó muy familiar.

—Cuidado, hija…

—Ven, te voy a colocar el chaleco y el casco —me indicó él. Sus ojos era asombrosamente color caramelo, claros y seductores—. Ponte aquí.

Con sus manos, me colocó el chaleco y conectó con los mosquetones al plegador, que era una mezcla de rojo y amarillo. Puso una mochila con paracaídas de emergencia sobre mi espalda. Él se arregló los implementos que tenía y nos colocamos sobre el arnés del parapente.

Él primero se sentó. Luego lo hice. Una segunda persona, hizo el arreglo, mientras el plegador ya se había elevado, rígido y enorme. Un ligero vientecillo la destempló, pero no cedió.

— ¿Lista? —preguntó.

Asentí, con el viento agitando mi pelo sobrante que salía bajo el casco.

—Bien, vamos

Se puso mirando el litoral limeño. Yo también lo hice. El mar se le veía pequeño y, a su vez, maravilloso. Y cuando él corrió (empujado por alguien más), y avanzamos hacia el precipicio.

Lancé un gemido, cuando mis pies tocaron vacío. Miré abajo y observé la carretera, con los carritos como hormiguitas atléticas. Sentí que mi visión parecía como una cámara en un solo ángulo.

El parapente dio un giro, y al costado de nosotros estaba el precipicio, con mi padre  y las demás teniendo la apariencia de unos muñequitos. Nos distanciamos un poco, hacia el norte, con los otros parapentes paseándose por los aires.

— ¿Te gusta? —me preguntó él.

—Es maravilloso… Jamás he visto la costa sobrevolando sobre ella…

—Qué bien —dejo oírse. El silbante sonido y los ruidos de nuestras ropas al chocar con el aire no dejaban oír bien.

Y seguíamos así, sobrevolando. Giramos y regresamos hacia el precipicio, momento por el cual salude a mi papá, que por fortuna me saludó. Giramos nuevamente y fuimos otra vez hacia el sur, con una vista espectacular. Quería quedarme todo el tiempo, ahí, volando con el parapente, con la compañía del chico. Este despejó mi mente y miré con una esperanza, teniendo la fe que Emma y Omar se recuperarían muy pronto. Miré a los demás parapentes y solo había uno que podía ver, muy atrás de nosotros.

Ja, no importa. Solamente quería sentir el aire en mis mejillas por un tiempo más. Hubo una turbulencia pero no me preocupé. Estaba con él y me sentía confortable.

—Te estuve esperando…

— ¿Cómo dices? —proferí yo, con mi tono ensimismado.

—Te estuve esperando, Cristina.

— ¿Me estuviste esperando? ¿Cómo sabes…? No entiendo.

Los parapentes… Una electricidad surcó mi cuerpo. Me quede anonadada.

— ¿Quién eres?  —levanté el rostro para verlo.

—Baja la cabeza —espetó, mientras sentía algo punzante en mi espalda. Gemí—. Si gritas, te juro que te atravieso con este cuchillo.

— ¿Tu…? ¿Eres…? ¿Alfa y Omega?

—En carne y hueso, cariño —Sentí su mano deslizarse por mi cintura, bajo ella.

Mi cuerpo tembló.

—Por favor, no hagas nada —dije suplicante.

—No te preocupes —dijo él, haciendo un sonido deleitoso—. No te haré daño. Sólo quiero ocuparme de algo contigo.

—No, por favor.

Su mano voló hacia mi cara, con un trapo. Se pegó a mi rostro y aspiré, desesperada. Mi cuerpo se sintió débil en ese momento, viendo el mar aullando, desvaneciéndose. Mis párpados cayeron pesados y sentí caer en un túnel.

“La tenía en mis manos. Suavecita y calientita para la noche. Estaba tumbado en su asiento, con su cuerpo desparramado, sin dar movimientos. Agarré el GPS y el equipo de radio, y los lancé a la carretera. Desaparecieron de vista al instante. Manipulé el parapente, mientras pasé mi mano por su espalda hasta llegar abajo. Este día hice mal. Me dejé ver, igual que mis productos. Pero esta fue escurridiza. Sí. Me la gané de todos modos.

Manipulé el parapente, en dirección al lugar que pasaría la mejor noche con ella.”

ALFA Y OMEGA

Estado: Ocupado

Domingo 05/07/09 3:25 p.m.

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Ilustración:Extraído de página de Diego Molina

*****

Conmocionado, se tocó la cabeza con las manos temblorosas tratando de asimilar la realidad. Tenía que encontrar una explicación lógica y razonable en aquel episodio. Se miró las manos y la ropa, revisó la cerradura de la puerta principal y las ventanas, examinó el huerto. Con mucha cautela, decidió acercarse a examinarlo nuevamente. Estaba frío, sin pulsos ni latidos, igual que ayer.

 

A pesar de ser un hombre racional, por un momento temió que abra súbitamente los ojos y se eche a andar, por lo que trató no moverlo demasiado. Había leído alguna vez que aún después de muertas, algunas personas continúan moviéndose, aunque desprovistas de toda voluntad, como resultado de la lenta extinción de la circulación sanguínea. En las crónicas de la Edad Media recuerda haber encontrado el relato sobre un hombre condenado a muerte que, luego de habérsele cercenado la cabeza, se alejó dando tumbos hasta el final de la plaza, para finalmente caer a los pies de su esposa. Mentes místicas han interpretado eso como la lucha del cuerpo por aferrarse a la vida, o la posibilidad de sobrevivir a la muerte; quizá es lo que le sucedió a su compañero.

 

Pero la mañana anterior no tenía pulso ni latidos, no parpadeaba ni resollaba, estaba rígido como una escultura de mármol, clínicamente muerto; y ahora estaba frente a él, sentado y expresivo, como si conversara. Trató de razonar nuevamente: una vez vio a un mago hindú desacelerar su pulso hasta niveles críticos, a un norteamericano ordenar a su corazón que se detenga en un programa de entretenimientos bastante serio; la historia médica registra muchos casos de ahogamiento en el mar, en el que el individuo estuvo cerca de media hora bajo el agua y pudo sobrevivir.

 

Si bien aquellos antecedentes eran escasos para explicar lo que había ocurrido, le brindaban una idea propincua acerca de la capacidad del cuerpo humano para no doblegarse. Esto le tranquilizó mucho, y le permitió concluir que su compañero, como consecuencia de la inanición, entró en una especie de trance muy parecido a la muerte en sus síntomas, y que durante la madrugada había recuperado el conocimiento, para luego ingresar nuevamente a la casa. Y él mismo sabía de su condición, de allí que le hiciera ese extraño último pedido. Enterrarlo cuando estuviese bien muerto.

 

Quedaba ahora por establecer cuál era su verdadero estado en este momento.

 

Resuelto a no tomar decisiones apresuradas, esperó todo el día junto a él a que despertara. Lo extrañaba más ahora que antes, pues aunque de vivo casi no le dirigía la palabra, de muerto se convirtió en su confesor. Quizá era la culpa por haberlo sepultado tan prematuramente. Le arropó con suavidad una manta, frotándole los hombros; luego tomó dos tazas de porcelana y las puso en la mesa silbando la ribereña, que era la única melodía que podía recordar; inclinó la tetera sobre ellas y las llenó de café imaginario. Así permaneció hasta el anochecer, bebiendo sorbos de aire entre cada anécdota mal relatada.

 

La propia certeza de estar condenado a una muerte muy lenta, lo obligaba a rodearse de acciones cotidianas. Es extraño, pero cuando ya nada tenemos, nos aferramos a las cosas que menos valoramos. Aquella tarde lloró emocionado al observar la salida de una larva de su capullo, y sintió una pena profunda cuando las arañas del techo se lo devoraron. A veces cerraba los ojos durante un largo rato, tratando de recordar cuándo fue la última vez que le habló tiernamente a su esposa.

 

La noche fue una vorágine. Antes de sentarse a cuidar a su compañero desde el mueble, se le ocurrió una prueba de vida: tomó una pelusa de su camisa y la colocó en sus fosas nasales, para comprobar si durante la noche respiraba. Vigiló el cuerpo durante horas sin pestañear, esperando alguna reacción; pero no observó ningún movimiento. Desde la ventana, el viento ingresaba para agitar sus cabellos, sólo eso. A intervalos regulares, el sueño le hacía perder la noción del tiempo, como si desconectara involuntariamente sus sentidos y cayese rendido al abúlico sopor de la noche; pero tan pronto recordaba lo que estaba haciendo, se ponía de pie y estiraba vehementemente las cejas, respirando muy hondo.

Los rayos del sol lo sorprendieron absorto en sus divagaciones, contemplando a su compañero como quien contempla a un perro gruñendo sordamente. Cuando la luz terminó de llenar la habitación, se levantó para examinarlo de cerca. La pelusa estaba intacta, pero hizo otro descubrimiento: por acción del calor, el cuerpo empezaba a emanar los olores propios de la descomposición. Devastado, pero tranquilo de haber corroborado su muerte, procedió nuevamente a enterrarlo.

 

Hacía ya varios días que había dejado de escribir, y quiso retomar sus notas científicas. Tenía mucho que registrar acerca de este extraordinario evento que seguramente cerebros más preclaros y menos desgastados sabrán explicar. Recordó que también su compañero solía escribir mientras permanecían sin hablarse, y que incluso cuando su lapicero agotó la tinta, tuvieron que turnarse para tomar apuntes. Él lo hacía de día, mientras el occiso esperaba la quietud de la noche.

 

Al intentar ubicar los apuntes de su compañero, dedujo con cierto desdén que era muy probable que las haya enterrado con él, pues siempre las guardaba en sus bolsillos. De todos modos, pensó que la humanidad no se perdía gran cosa. La noche volvió como siempre, ensombreciendo despiadadamente sus fuerzas. Sin deseos siquiera de levantarse y trancar la puerta del jardín (una supersticiosa medida de prevención), cerró los ojos y desplomó su cabeza sobre el poyo del viejo sillón.

 

En las horas escasas que antecedieron al día no soñó nada, tal vez por cansancio. La noche surtió un mágico efecto reparador; pero al despertar, toda la energía de la que disponía para levantarse se evaporó ante el horrendo cuadro que tenía frente a sí: su compañero estaba nuevamente sentado a la mesa, cubierto de tierra, bañado en hedor, mirándolo fijamente igual que ayer, con las apergaminadas manos dispuestas en tono acusador; delgado y sereno como la muerte.

 

Un vértigo incontenible se apoderó de él, sacudiendo sus percepciones hasta sentir una dolorosa presión en las sienes. Las imágenes a su alrededor comenzaron a moverse mientras la vista se le nublaba lentamente. Desesperado, exhaló un tembloroso gemido mientras se dirigía a la cocina para coger un cuchillo. Al ponerse frente a él, le gritó:

 

- ¿Qué quieres de mí, maldito enfermo? He hecho todo lo que hemos acordado. Tú estás muerto ¿Entiendes? Muerto. Respeté tu decisión, ahora tú respeta la mía. Quiero que te quedes enterrado en el jardín. No existes más para nadie.

 

Lo cogió de hombros y lo tiró al suelo para arrastrarlo nuevamente hasta el hoyo, que empezaba a encharcarse. Luego se arrodilló y empujó la tierra que sobresalía con sus brazos, asentándola con golpes desesperados. Al ingresar a la casa, se aseguró de trancar la puerta con el picaporte y arrimó una silla contra la manija. Ahora lo único que le preocupaba era estar perdiendo la razón, motivo por el cual se aferró a sus apuntes mucho más. En sus notas analizaba largamente lo que estaba pasando, evitando explicaciones metafísicas, pero sin poder estar completamente satisfecho. A medida que se tranquilizaba, fue descartando posibilidades hasta convencerse de que la única explicación razonable era que alguien más estuviera en la casa; después de todo, era inmensa y sólo estaba ocupando la sala. A la derecha quedaba un corredor, y a mitad de él, una escalera conducía al segundo piso.

 

Imaginó que, probablemente, haya un sobreviviente más que asalta la habitación muy entrada la noche. Un hambriento, como él, que tal vez ahora esté agazapado en algún escondido armario, viéndolo reaccionar con insania, poniendo a prueba su cordura, aguardando para devorarlo en cuanto se abandone del todo. Con un último acopio de fuerzas, tapió la entrada al corredor con la mesa y aseguró la puerta de la calle con una barreta, enclaustrándose completamente en la sala. Luego retomó sus apuntes escribiendo, tembloroso:

 

- No me cogerán sano… No me cogerán sano.

 

Al principio se resistía tenazmente a cerrar los ojos y descansar, pero las extremas condiciones a las que estaba sometido desde hace días terminaron por abatirlo. En su memoria desfilaban los recuerdos de su hogar; la discusión con su esposa antes de partir, ella llamándolo desde la sala para hacer las paces, él alejándose sin escucharla, orgulloso y tirano, azotando la puerta por última vez. Mataría por oír su voz de nuevo. Pensaba ahora, desde la lejanía, en sus tontos planes de trabajar en el ministerio, conducir hasta Nauta de madrugada, terminar la novela que empezó hace tanto. La vida es tan frágil que no tiene sentido. Para cuando el sol se rendía ante la luna, se halló entregado a un pesado sueño.

Lo que pasó después sólo puede inferirse del estado en que se encontraron las cosas cuando el Ejército allanó la casa, dos días después. Al desoldar las bisagras de la puerta principal, encontraron a un hombre sentado a la mesa, con las manos extendidas y el cuerpo cubierto de tierra, dejando un rastro que venía desde el jardín. Por el avanzado estado de descomposición, se dedujo que había muerto hace días. Al pie de él, yacía un segundo hombre. Estaba tirado boca abajo, y probablemente no tendría más que unas horas de fallecido. Su cuerpo estaba cubierto de pústulas y escoriaciones, producto del rápido contacto con la misma bacteria que diezmó a la población. El descubrimiento más aterrador fue que había muerto apretando entre sus dedos una rata, cuya cabeza había cercenado con sus propios dientes.

 

Aunque hubieron muchas conjeturas en los periódicos, el informe final de los agentes estatales concluyó, basándose en el minucioso diario del último sobreviviente, que aquella mañana el escribidor se levantó nuevamente conmocionado, al encontrar por tercera vez a su compañero instalado en el mismo lugar, y que, como dejaba entrever en sus escritos, sospechó que estaba siendo manipulado por alguien que seguramente esperaba su muerte con ansias. Preso de la desesperación y sometido por alucinaciones incontroladas, prefirió contaminar su cuerpo con la mortal bacteria antes de ser devorado por aquel extraño imaginario, y la única forma que encontró fue mordiendo una rata infecta. Falto de defensas biológicas como consecuencia de la anemia grave, tardó sólo unos minutos en sucumbir a la enfermedad.

 

Lo ocurrido en aquella casa planteaba a los investigadores dos interrogantes principales. Primero ¿Cómo se mantuvieron inmunes a la bacteria? Y luego, tomando en cuenta el testimonio del escribidor, ¿cómo es que el cuerpo inerte de su anciano compañero aparecía cada mañana en el mismo lugar ? El informe ya referido con anterioridad, respondía contundentemente a la primera cuestión: la bacteria se había propagado a través del tucunaré, proveniente de los ríos contaminados por los desagües industriales. Ambos hombres eran alérgicos al pescado, por lo que nunca se contaminaron.

 

En cuanto a la segunda cuestión, se encontraron en el bolsillo del anciano sus propios apuntes, aquellas que el escribidor no quiso buscar, y que de hacerlo, hubieran significado el fin de sus ilusorios tormentos. En ellas, el último párrafo parece haber sido escrito con desesperación:

 

Perdí la cuenta de los días, sólo espero la noche para dormir y olvidarme de esta pesadilla. El dolor de estómago es fuerte, me canso de respirar, todo se vuelve oscuro. Mi compañero me da miedo. Hace cosas extrañas como levantarse de madrugada a buscar raíces en el jardín. Luego se sacude la tierra, se lava las manos y continúa durmiendo como si nada. A veces toma un cuchillo y escarba entre mis cosas. Una vez me tomó de los hombros y me obligó a levantarme, arrastrándome hasta la mesa. Me sonreía. He intentado detenerlo, pero creo que es malo despertar a un sonámbulo. Ahí está otra vez.

 

Link: Pánico en la vieja casa (I)

El shegue

Publicado: 10 agosto 2009 en Gino Ceccareli
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aeropuerto-6580

El pintor Christian Bendayán estuvo por Pucallpa hace ya varios meses recolectando obras de artistas amazónicos que están imbuidos en el tema del Ayahuasca para una gran exposición que estaba preparando para Lima.

Como el viaje fue financiado por el Centro Cultural de la Universidad de San Marcos donde se desarrolló la exposición, necesitaba recabar recibos y facturas para justificar sus gastos como se debe. Ya con su maletín en la mano se dirigió a la recepción del hotel donde se había alojado.

-Por favor, necesito que me prepare una factura con este nombre y el número de RUC. Regreso en una hora para recogerla, ya que tengo que ir al aeropuerto- le dijo Bendayán al recepcionista que se abanicaba con un periódico.

-No te preocupes- le contestó el astuto trabajador – al toque te lo preparo.

Efectivamente, una hora después, regresó y vio que el recepcionista dormía con la cabeza ladeada y la boca abierta. Tuvo que sacudirle para despertarlo y le pidió la factura. No estaba lista.

-Ahorita te lo hago- le dijo sacudiendo la cabeza.

Con toda la paciencia del mundo, jaló una silla hacia la computadora, prendió  un cigarrillo, le dio un par de pitadas mirando el humo que se dirigía al cielo raso. Bajó la vista y leyó como cuatro veces el nombre que debía escribir en la computadora, volvió a acomodar su silla, puso sus manos sobre el teclado y arrancó.

-Tic… tic… tac… tic…

Escribía despacio con un solo dedo, se equivocaba de letra a cada momento, borraba y seguía: tic… tic… tic… pasaron como siete minutos y levantando la cara le dijo a Bendayán:

-¿Este es número de RUC?

-¡¡SI!!

-Tic… tac… tic…

-¿Cuántos días estuvo en el Hotel?

-¿Acaso no está anotado ahí?

-Ah!, aquí  está… son cuatro días.

Sacó  su calculadora, sumó, se equivocó, volvió a sumar y encendió  otro cigarrillo.

-Son ciento veinte soles…

-Ya sé, porque ya pagué- dijo Bendayán visiblemente irritado.

-Tic… tic… toc…

-Un ratito ¿ya?, voy a pishir.

Regresó  del baño con un cigarrillo en los labios.

-¿Dónde estará  mi cenicero?… no le hallo.

-Por favor, termine.

Pasaron otros siete minutos y el recepcionista ¡terminó de escribir!

-Ahora hay que imprimir. Voy a buscar una hoja…

A estas alturas Bendayán temblaba…

Con toda la pachocha del mundo el recepcionista abrió cajones, rebuscó, se rascó el cuello, removió papeles en los estantes, bostezó  y, por fin, encontró lo que buscaba. Prendió la impresora, imprimió y le alcanzó para que revise.

-Oiga- dijo Bendayán –¡aquí falta una palabra!

-¿Ah, sí?  ¿Le puedo agregar a mano?

-¡Sí, pero apúrese!

El empleado se levantó y empezó a rebuscar en los cajones de todos los escritorios. Estuvo así como tres minutos hasta que dijo:

-Aquí  está- y le mostró una reglita con una sonrisa de triunfo en los labios.

En ese preciso momento salió un joven del Hotel y el recepcionista levantando el pulgar le dijo:

-¡Choche!, ¿Y? ¿Cómo estás oy?

-Bien- le dijo el otro alejándose.

Volvió  a mirar a Bendayán y le dijo:

-Es mi pata, hemos trabajado juntos antes…

Volvió  a tomar la reglita para escribir derechito la palabra que faltaba y de nuevo levantó la cabeza.

-Pero no aquí, hemos trabajado en otro Hotel. Era mi pata de trancas y…

-¡Carajo! Termine de una vez que voy a perder el avión.

-Tranquilo amigo, ¿no ve que me estoy apurando?

Le tomó  como tres minutos escribir lo que faltaba y le dio la factura a Bendayán que sudaba a chorros de pura rabia.

-¡Oiga, falta su firma!

-¿En serio? Yo estaba seguro que ya la había firmado… ¿qué gracioso no?

Cogió  la factura y con mucha paciencia volvió a remover todos los papeles que desordenadamente estaban en los cajones y sobre su escritorio buscando un lapicero.

-…no encuentro mi lapicero ya vuelta…

-¡Tome el mío y firme de una vez!!

A todo esto había transcurrido más media hora.

Bendayán salió  como un rayo a la búsqueda de un motocarro que lo lleve al aeropuerto.

Perdió  el avión.

Esa noche durmió  en otro Hotel y, demás está decir, pidió que le hagan la factura por adelantado.

El shegue sigue “trabajando”.

casa

Ilustración: Diego Molina

De pronto, ya nadie quedaba en el pueblo. Sólo aquellos dos hombres ocultos en la casa que da al parque. Como estaban conscientes de ser los únicos sobrevivientes, se prometieron que el primero en morir sepultaría al otro bajo el árbol de guayaba, pues no deseaban que sus cuerpos quedaran expuestos a merced de ratas y gallinazos. No querían salir por temor a contagiarse, y contemplando la ventana, el espectáculo era aterrador: el río vomitaba cada día nuevos cuerpos a las playas, y desde el cielo una lacerante lluvia los descomponía con extrema eficacia. El aire era apenas respirable, tampoco se veían aves en el cielo. Sólo consumidores de carroña que ejecutaban su trabajo con precisión, obedeciendo a un macabro ecosistema que marchaba sin alterar el orden impuesto por la despiadada naturaleza.

 

En los días que siguieron, ambos hombres pasaban las horas muertas especulando su posible salvación. Por algún motivo la enfermedad no los había tocado aún, y se mantenían vigorosos; pero el agotamiento de los víveres les empezó a preocupar. Al principio confiaban en que la extinción de todo un pueblo sería rápidamente advertida en los caseríos adyacentes, sobre todo al verse privados del suministro de tucunarés; pero luego de dos semanas de espera, temieron estar abandonados para siempre. En la cabaña que les servía de refugio, el último plátano fue consumido con la sopa de la mañana, y el día estaba por terminar.

Siendo hombres bastante fuertes, no permitieron que tal eventualidad los abatiera rápidamente. Uno de ellos escribía lo que hacía cada día para sobrevivir, pensando quizá en convertirlo en algún legado para la ciencia. El otro, más viejo que aquel, hablaba de cosas triviales todo el tiempo, como el olor de la pimienta, la forma en que se mecen las hojas de los árboles, ciertas maneras de hacer el amor sin llegar al orgasmo; también garabateaba un poco. Antes, el continuo parlar de aquel individuo molestaba al escribidor, mas luego entendió que era una forma de sobrellevar la tragedia, como escribir es la suya.

 

- ¿Crees en Dios, amigo? – preguntó un día el más anciano de los hombres.

 

- Ahora sí, con urgencia – respondió, en tono desdeñoso, el escribidor.

 

- Puede que jamás nos encuentren…

 

- No pensemos en eso ¿quieres?- Dijo mientras miraba hacia la ventana simulando estar ocupado.

 

- Es necesario…prometimos que el primero en morir enterraría al otro en el jardín, pero es probable que yo muera primero; estoy viejo y diabético, por eso quiero pedirte un favor adicional.

 

Le disgustaba el pesimismo ajeno, porque aún conservaba la esperanza de ser encontrado. Con dureza, y queriendo concluir rápidamente la conversación, preguntó:

 

- ¿Qué cosa?

 

- No me entierres hasta estar seguro de mi muerte.

 

Al no poder comer nada que brotara, nadara o volara fuera de aquel recinto que creían saludable, empezaron consumiendo las hojas del guayabo del huerto; al terminarse éstas, extrajeron las partes blandas de sus ramas, para luego continuar con la tierra llena de savia alrededor de las raíces. Finalmente, comieron sus propios cinturones y zapatos, que estaban hechos de cuero. Durante todo aquel proceso degenerativo, sus cuerpos se alivianaron tanto que excluyeron, casi sin darse cuenta, toda conversación entre ellos. Aquella mutua promesa era lo único que enlazaba sus destinos.

Una mañana, el escribidor despertó y encontró a su compañero mirándolo fijamente desde la mesa, con el rostro endurecido en un gesto de asombro. Acostumbrado a sus ataques histriónicos, no le tomó importancia y salió al huerto para contemplar la plenitud del cielo. Pensó en su familia, y en los buenos amigos que había dejado en la ciudad, mientras los maldecía por no haberlo extrañado a tiempo. La sensación de frío producida por la anemia aguda lo devolvió nuevamente a la casa, ideando otras formas de olvidarse de las punzadas en el estómago. Buscó su libreta al lado de la mesa y notó que su compañero continuaba en la misma posición de hace un rato, pero esta vez con una rigidez pétrea. Se acercó mucho más a él y comprobó que estaba muerto, o al menos que no tenía pulso, ni latidos en el corazón. Espantado, retrocedió hasta caer de espaldas sobre el mueble. La extraña manera de morir lo sobrecogía en extremo. Había muerto, probablemente en la madrugada, con los ojos llenos de angustia mirándolo fijamente. Esbozando quizá alguna súplica no resuelta, algún ruego no comunicado a tiempo.

 

Execrables deseos le hicieron ver lo que su amigo pedía con esa mirada: que lo enterrara según el pacto, sospechando quizá que la agresiva carestía le haría cambiar de parecer. Y no se equivocaba. Bajo condiciones tan extremas, aquel cuerpo inmóvil se le presentaba como un envoltijo de abundante carne, vigorosa y saludable, que se echaría a perder si lo arrojaba sobre un hoyo en el jardín. Al no estar seguro de su muerte y recordando sus enigmáticas palabras, decidió esperar la noche para tomar una decisión.

 

Pero, sea que le quedaban algunos resabios de civilización, o que al imaginarse en la situación opuesta, hubiese deseado no ser consumido por un semejante, o que su religión le obligue a respetar la santidad inmarcesible del cuerpo humano, lo cierto es que al sopesar las circunstancias, optó por no comerse a su compañero y enterrarlo, como lo había prometido. A estas alturas, le pareció que ya estaba bien muerto.

Además, sepultarlo representaba un trabajo agobiante. Esa noche a duras penas arrastró el cuerpo y lo depositó en el hoyo que ambos habían hecho hace unos días, buscando insectos y raíces; lo cubrió con tierra completamente, cual si fuera un delgado manto; elevó una veloz plegaria y retornó a tumbarse, agotado, sobre el mueble.

 

Aquella fue una noche de sueños confusos; soñó que regresó a casa luego de un largo viaje y que al abrir la puerta, encontró a su esposa tan obesa que le causó una deliciosa impresión. Al acercarse a darle un beso en los labios, soñó que se los arrancaba con desesperación, provocando que ella huyera despavorida. Luego se topó con la mirada póstuma de su amigo, lánguida y suplicante; al intentar acercarse para devorarlo, comprobó que las piernas no le obedecían y se quedaba inmóvil, viendo aquella carne descomponerse ante él sin poder hacer nada. Cuando al fin pudo moverse desesperado, cogió un cuchillo, se cortó las orejas y comenzó a comérselas. Allí despertó.

 

Lo primero que vieron sus ojos al permitir el paso de la luz provocó que el corazón se le encogiera súbitamente y la piel del cráneo se le estirara. Aquel hombre que había enterrado con tanto esfuerzo la noche anterior, se encontraba allí nuevamente, sentado a la mesa en igual posición y con la misma expresión mórbida en su rostro. (Continuará)

Tierno

Publicado: 5 agosto 2009 en Franz Max
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sexo-internet

Amante de las nuevas tecnologías, estudiante de Ingeniería de Sistemas, Carlos  paraba mucho tiempo, más de lo que necesitaba, navegando por la red.  Sus charlas mas amenas, picaras y avezadas las hacía por el MSN, era una forma extraña de entablar una relación amorosa, jamás de los jamases podría decir todo lo que dice por MSN a una chica en persona. La lejanía  le daba más valor, el no estar presente cuando lo “chotean” le hacía perder el miedo al ridículo, y si eso pasaba un “clic”  solucionaba el impase.

Domingo por la tarde, estaba solo en su Pc, sus hermanos de paseo, con sus novias, haciendo su  vida normal. Sus hermanos lo consideraban un desadaptado,   no se peina, tiene abundante pelo y una nariz prominente, un granito le había salido en la punta de la nariz. Revisando su bandeja de entrada, encuentra la invitación de una chica del Hi5. “Laura te  envía una solicitud de amigo”, sus dedos presurosos aceptan, se abre una ventana, la foto de Laura, una chica espigada, de pelo negro, de cejas pobladas y de buen cuerpo. “Una hembraza” –exclama Carlos- al mismo tiempo que va revisando sus fotos, 8 en total, eso bastaba para que envíe un mensaje halagando su belleza y pidiendo su dirección de mail. Su carta tiene respuesta en pocos minutos, la rapidez le sorprende, laura le responde solo con la dirección de su correo, sin perder tiempo la agrega en su lista de contactos.  “Laura la sexy en línea” advierte una ventana, un clic y empieza su gileo.

_hola Srta., estoy muy agradecido por tu invitación a tu hi5, y más agradecido aun por acceder a mi solicitud de tu dirección electrónica. –Carlos trata de ser lo más sofisticado posible-

_no “problem” cuero –responde Laura-

Carlos, extrañado  y excitado por la frescura de Laura, le pregunta su edad

_22, y el tuyo papi?

_igual preciosa.

Había empezado una relación virtual, Carlos la escribía todos los días, su piel estaba más clara, solo se movía para ir al baño y comer, tres meses de largas conversaciones, calentonas  y excitantes, Carlos necesitaba  dar otro paso, conocerla en persona, pero no era capaz de siquiera atreverse a proponer algo parecido.

_Carlos, te parece si nos conocemos en persona ? – sentencia Laura-

_esteeee… ya pues, – responde temeroso Carlos-

_el sábado en el “Anubis”, eso de las 10pm, yo iré con mis amigas. Ahí nos vemos.

Carlos traga saliva con dificultad  y finaliza con un soberbio  “OK”.

El mismo día de la fecha pactada, Carlos se acerca al cuarto de su hermano, toca la puerta y entra.

_hola Juan.

_Oe y ¿eso? Qué milagro te levantas de tu computadora, qué pasa, dime…

_Es queee… es que….

_Habla pe’ varón, qué pasa, dime…

_Es que tengo una cita hoy día en la noche y quería que me prestes un poco de tu ropa.

_Jajaja –Juan se ríe burlonamente – ¿ Tienes una cita? No jodas pes, cuéntame dónde y con quién.

_En el Anubis, con una flaca que conocí en el Internet.

_No jodas pe won, o sea que ni la conoces a la weona.

_No

_¿Y si es un cabrazo, un sambazo, o un gringazo con el mentón verde? ¿Te has puesto a pensar eso?

_La verdad que no, pero vi sus fotos y es un lomazo.

_ No jodas pes webon, tienes que buscarte una hembra de verdad, en la calle, en la universidad, salir a platicar.

_ Es que no sé cómo.

_ Mira hermanito webonazo, hoy día te voy a prestar mi ropa, y es más te vamos acompaña todos tus hermanos mayores, y te vamos a enseñar como “cazar” una hembra. Y si nada sale como quieres o planeas, mañana por la tarde jugamos un partidito  en la canchita del barrio, ahí hay un “shunto” de hembras, que puedes gilear.

Los ojos le brillaron a Carlos. Se dio una ducha después de días, se peinó y se rasuró. Llegada la noche, su hermano se acercó con un frasco de perfume y le bañó con el mismo. Llegaron al lugar pactado a la hora pactada. Él lucia reluciente, entraron, mientras las luces daban vueltas en mil direcciones, un Dj  ponía  música pegajosa, meseras coquetas pasaban con cervezas en la mano, sus hermanos lo llevan al segundo piso, se sentaron en la baranda,  “para poder ver mejor lo que se come” –atinó Juan-

Pasaron 30 minutos de la hora pactada y la susodicha aún no llegaba, hasta que por la puerta de en frente hacían su entrada “Laura” y sus amigas, mientras en los parlantes retumbaban “Calabria” (Alex gaudino). Juan dudaba si es ella, la luz no lo deja reconocerla, se toma un chop de cerveza de un solo trago, la luz blanca roza el rostro de Laura.

_Parece que es ella – exclama con alegría Carlos-

Sus hermanos se topan con el codo entre si y ríen a carcajadas, ellos incrédulos bajan un poco la cabeza y sí, era cierto se parecía a la chica de las fotos, juntos lo animaban a que Carlos se acerque, que la invite a bailar.

_Ya pes webón, anda sácala a bailar.- le dice Juan al odio de Carlos-

_¿Y si no es ella?

_Si es ella webon, te está mirando, te está mirando, ¡ya sabe que eres tú! – Advierte Juan.

_Carlos voltea rápido la cabeza en dirección de “Laura” – no seas mentiroso, ni siquiera me mira.

_Oe  ¿tú eres o te haces? Las flacas jamás te van a mirar de frente, ellas quieren que te des cuenta que las estás viendo, y justo cuando volteas para verlas ellas se hacen las desentendidas y miran a otro lado. No seas más webon y anda…

Carlos bebe otra chopp de cerveza, vuelve a mirarla, tratando de convencerse más. Pide otra cerveza, vuelve a beber, respira profundo, reúne todas las fuerzas que puede, se para, camina en zig-zag, había tomado demasiado, nunca antes lo había hecho, había sobrepasado sus límites. Juan lo coge de los brazos y Carlos vomita en su pantalón.

Abre los ojos, siente una prensa en su cabeza, siente como si le hubieran dado una paliza y una sed de “herrado” en desierto, había bebido demasiado  y tuvieron que traerlo en brazos, bajo las escaleras de cedro, y se sentó en su computadora, abrió su MSN, y ahí estaba Laura, conectada, en línea.

_hola bebita, estabas preciosa ayer.

_hola, me viste ayer? Y por que no te acercaste? Tú eras el chico de arriba que estaba con la camisa blanca?

_si, me viste?

_claro que te vi, mis amigas dicen que eres tímido.

_si lo soy, paso un percance por eso no me acerque a tu lado.

_que lastima, me hubiera gustado darte un besito.

_ami también, y dime, que parte de mi te gustó mas?

_haber… haber… TU NARIZ

_mi nariz?

_si tu nariz, es bien grande, demasiado grande, eso fue lo que más se noto de tu cara.

_si pues, es que lo herede de mis abuelos, ellos son españoles. y esta nariz es de herencia española

_jajajaja – ríe Laura-

Un bullicio le hizo saltar de su asiento, mil carcajadas, del segundo piso, sus hermanos bajaron del cuarto,  todos en short y zapatillas, unos ya no aguantaban la risa, y se fueron al baño, otros se retorcían en el suelo, Juan lloraba de tanto reírse. Abrieron la puerta y se fueron.

Carlos extrañado, confundido, fue a buscar la razón de tanta risa, subió al cuarto de donde salieron, hizo una minuciosa búsqueda por el cuarto y nada la parecía gracioso, se acercó a la laptop de su hermano, y ni un Hi5 de una chica de lima, y un MSN abierto que decía:

_Carlos chico tierno  dice: mi nariz?

_Laura “la sexy” dice: si tu nariz, es bien grande, demasiado grande, eso fue lo que más se noto de tu cara

_ Carlos chico tierno  dice: si pues, es que lo herede de mis abuelos, ellos son españoles y esta nariz es de herencia española.

_ Laura “la sexy” dice: jajaja

_Laura “la sexy” dice: pedazo de webon (aun sin enviar, pero escrito en la ventana del MSN)

Carlos oprime “Enter”, se pone sus zapatillas y se va a la canchita de futbol.

Última vez

Publicado: 4 agosto 2009 en Emovi
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Invalido

-Puta mare, gringo, ¿dónde pusiste la merca?

Una voz rasposa y tosca me levantó del sueño profundo que había caído. Eran las 3 de la mañana, todavía permanecía en ese banquito aterciopelado, único recuerdo de mi lujuriosa y atormentada juventud.

-Me cagaste, hijo de puta

Un estruendo y luego un silencio sepulcral. Podía sentir el susurro del viento pasar por mi oreja, tenia las ventanas cerradas, pero el aire se escabullía a través del plástico que había puesto para tapar un pedazo de vidrio faltante.

Dicen que los ojos son las ventanas hacia el mundo, las ventanas de mi departamento son mis ojos y todo lo que me rodea es el mundo para mí.  Estoy encerrado, aprisionado, no solo por la invalidez e inutilidad de mis piernas, sino también por la soledad, esta soledad que me mata lentamente, que me vuelve frio  y duro, esta soledad asfixiante.

Asomé la cabeza y di un último vistazo a la calle, un foco tintineaba en la esquina y un par de hombres pasados de copas cantaban una canción algo distorsionada. Me abrí camino entre las miles de paginas arrancadas de los cuadernos que alguna vez use, y entre libros que escribí que nunca nadie conocerá, me recosté sobre mi colchón verde oliva, maltratado por la humedad, me quede mirando el techo (como cuando alguien mira un punto fijo, pero en realidad no mira nada),  inmerso en pensamientos y recuerdos, hace mucho que los días no existen para mi, no hay diferencia entre un viernes y un lunes, solo existe el atardecer y el anochecer.

- Oe Juan, ¿y cómo es?, ¿la entras o no?-una imagen algo borrosa por los años, pero intacta en el sentido de los hechos, aparece en mi memoria, como una película, al cerrar los ojos

-No sé, y ¿si me hace daño?

- No seas cabro pues on’, si esto te pone, vas a ver como vas a disfrutar toda la noche, una chupadita y ya…

-¿Seguro?

-Sí

Una mano con un “pucho” encendido se estira hasta quedar lo suficientemente cerca de mi boca.

-Anda, dale…

Abrí mis ojos de pronto, me sentía algo mareado, como si estuviera cayendo en un inmenso y profundo agujero, dando vueltas sin final, me recosté y senté en la cama, estirando el pedazo de  muñón que tenía como pierna. Hacia calor, a pesar de que el ambiente estuviera como a 15 grados de temperatura, cerré los ojos nuevamente, tratando de descansar.

- Imbécil, imbécil, imbécil-me decía golpeándome la cabeza, un vaso roto yacía sobre el suelo y una hermosa joven enfrente de mí me sonreía.

- No te preocupes, es solo gaseosa- me contestó ella, con una hermosa sonrisa- ¿me acompañas a la puerta?

Sonreí en mi inconsciente, la imagen de pronto se acortó y pasó a una escena de besos, los más dulces que recuerdo, todo se volvió de un blanco brillante y un montón de gritos se oyeron, sentí como los pétalos y arroces caían sobre mi, me sentía en las nubes, volteé y allí estaba ella, con esa hermosa sonrisa que penetraba hasta lo mas profundo de mi corazón, y yo, abrazándola con todas mis fuerzas, rogando que nunca se acabe, que nunca se termine. Miré el firmamento y vi un techo algo sucio y descuidado, bajé la mirada y estaba ella ahí, con una pequeña niña al costado y con unas maletas. Yo lloraba desconsoladamente, no recuerdo el motivo, solo sé que tenía tantas ganas de hacerlo, como si algo de mí fuese arrancado.

Me sentía mutilado.

Bip bip bip. El despertador sonó, me dolía la espalda por haberme quedado dormido sentado. Vivía de la caridad de mis vecinos y una parroquia local, el calor había disminuido, pero todavía sentía unas ganas inmensas de llorar, sentía como su partida desgarraba mi piel. Era ya de amanecer, miré a través del vidrio algo empañado por la humedad. Un datero se encontraba dando indicaciones en al esquina a una combi que trataba de hacer carrera con otra. Tomé asiento en mi sillón, comencé a releer  un ejemplar de una revista antigua, me detuve en una página en especial.  Me quedé por un rato ojeando el artículo.

De entre las páginas cayó una pequeña carta, escrita en un papel arrancado de uno de los cientos de cuadernos que tenía. Era una carta que había escrito a mi madre, y me la habían devuelto,  hace varios meses.  Solo atiné a levantarla y ponerle a un lado. Los recuerdos a veces se transforman en demonios, que te atormentan durante día y noche. Un frio caló hasta mis huesos me fue estremeciendo, acompañando. Volví a casa.  Me recosté en la cama. Poco a poco fui envolviéndome en un dulce aroma, como a felicidad, como a pasado. Suspiré y noté un pequeño papel, una galleta de la fortuna que había comido hace unos días. Decía “la soledad es no tener a nadie donde podamos retornar”. Quise agarrarlo para leerlo mejor, pero mis brazos no respondían, un golpe como a puñalada me lo  fue impidiendo. No sentía el muñón, no sentía mis extemidades, no sentía mi cuerpo. De pronto, sentí un ataque fulminante de ansiedad, fue perdiendo el control de mi mirada, de la dirección.  Miré por ultima vez el papel  y cerré los ojos. Antes de desplomarme, suspiré.

Todo oscureció.

Por última vez.

Otra vez.

 

Extraño usuario

Publicado: 18 julio 2009 en Percy Meza
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extrañousuariopic

Cuando apreté la última letra y guarde el documento, salté de mi asiento. Dando unas vueltas, me lancé sobre el sofá…

—Por fin… —dije con los ojos cansados—. Por fin, termine el trabajoooo… Sólo faltará poner la hoja de presentación y listo, libre.

Me quede tirada en el sofá, contemplado el techo, inmersa en mis pensamientos, pensando un pronto futuro de Socióloga. Sacudí mi cabeza y me levanté del sofá. Fui a la computadora para entretenerme un poco… Inicié mi sesión en Live Messenger y también  en el Hi5…

La ventana de Messenger emergió en mi pantalla como una personita saludándome. Una advertencia, pequeña y azul me dijo con el tonito de siempre.

Tiene 7 mensajes en su bandeja de entrada.

—Dios, en todo un día recibí siete mensajes…

Arreglé mi nick, cambie la foto que se mostraba por mi display y revisé mi bandeja de entrada donde encontré cartas locas de mis amigas, una invitación para una fiesta y una salida para el cine… Que vagos son estos, pensé.

Estado: Conectada… (Tucutín). Para q sepan todos, ya termine mi trabajo, ok??? *-) <Sab 04/07/09; 8:15 p.m.>

De repente, el MSN se interrumpió con varios tucutín. Pablo me estaba diciendo un montón de chistes. A pesar de que mi amiga, Andrea, terminó también su trabajo, inició una tesis psicológica por la conversación. Mi estado con ella: Aburridaza… Quería descansar y tomarme un tiempo divertido. No comenzar otra investigación.

Era cuando, apareció una de las personas mas churras de la universidad, Omar. Aunque por el Messenger no se lo veía, no importaba, de igual manera su belleza se digitalizaba.

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Cristina, q haciendo por allí

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Por acá, tomando un descanso, después de haber terminado un arduo trabajo q la profesora de History nos pidió…

*Gracias a Dios…

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Q bien…

Tucutín. Alguien me habla. El nick no me parece conocido, pero me sigue hablando. Que rarazo, me dije. Me fijo en la notificación y me sorprendo. No acepte a ningún Soy Alfa y Omega, cuando inicié mi sesión. Abrí la ventana de conversación.

Su display se había convertido en una ventanita negra, como si el usuario había activado su cámara web. Pero estaba completamente negra.

Soy Alfa y Omega dice:

*Hola…

*cómo te llamas?

Le hablo sí o no. Seguro había sido un idiota que puso cualquier correo electrónico en el agregar un contacto y por suerte cayó con el mío. Sin embargo, esa ventanita negra me traía algo raro.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Hola… Me llamo Cristina… y tú??

No respondió en un instante. Aunque podía conversar con Omar (que no paraba de escribirme), me quede esperando la respuesta del extraño usuario… Su respuesta vino después de quince segundos.

Soy Alfa y Omega dice:

*Alfa y Omega…

Alfa y Omega… ¡Qué bonito! Sí me respondía con eso, seguro era un fanático a los videojuegos, sacándome la abrupta conclusión que era un adolescente… No obstante,  no tenía que apresurarme. Traté de sonar un tanto amigable y sacar mis conclusiones de manera más astuta.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*q chévere… Seguro eres un programador de juegos…

Soy Alfa y Omega dice:

*No soy un programador de videojuegos

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*ooo

Soy Alfa y Omega dice:

*pero soy fanático de ellos…

*Hablando de ti, cuántos años tienes?

Mi suposición se comprobó por sí solo.  Era un fanático de los videojuegos. Ahora me preguntaba cuántos años tenía. Eso no me gustó. La ley de las chicas era jamás desvelar la edad, peor si era a un desconocido. Entonces tenía que persuadir esa pregunta.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Una edad muy aceptable para ser una señorita

Soy Alfa y Omega dice:

*mmmm… Una señorita

Ese “mmmm” me hizo pensar muchas cosas. ¿Estaba pensando? ¿¿Estaba deleitándose?? Lo bueno era que no revelé mi edad. Pero mi nombre si lo estaba, porque comenzó a llamarme así, de una manera muy intimidante. Como si tuviera otra cosa en mente.

Soy Alfa y Omega dice:

*Cristina, quisiera verte… Puedes activar tu cámara web

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Mi cámara web???  Está descompuesto, amigo… Pero, porque no t muestras tú… Sólo veo una ventanita negra

Soy Alfa y Omega dice:

*Es porque no me gusta la luz…

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Pero como quieres q t conozca si no t puedo ver, pss

Y pasó lo mismo. No me respondió en un instante. Me quedé mirando esa misteriosa ventanita negra, teniéndola como un insólito medio para ver a ese extraño usuario. Hablé con Omar por intervalos para esperar algo novedoso. Es donde sonó el tucutín de Alfa y Omega. Rápidamente abrí la ventana de conversación y me topé con un texto que decía: “Esto es lo que soy”. Por la ventanita se veía justamente la pantalla de un televisor. Fuera del marco, esa oscuridad impenetrable seguía ahí… Escuché gritos, que tensaron mis nervios. Por aquella ventanita, con la pésima calidad, el televisor proyectaba una especie de película. No reconocí la película, pero oí la frase escalofriante de la película Juego del Miedo: “Que empiece el juego”. A pesar de que no se veía bien, los gritos distorsionados de los personajes de la película me provocaba una mala intuición. Era un amante de las películas de terror…

El televisor desapareció en un borrón luminoso, y luego la ventanita se sumió en esa oscuridad, donde un fino contorno luminado estaba sobre él. No podía ser posible que fuera un muchacho, porque el fino contorno lo describía mucho más desarrollado.

Soy Alfa y Omega dice:

*q opinas

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*se nota q eres un amante d esas películas…

Soy Alfa y Omega dice:

*no soy un amante d esas películas

*me encanta como descuartizan a esas personas…

*y quisiera hacer d la misma manera contigo

Me quede pálida. Ese último texto erizó los pelos de mi nuca y me hizo entrar un pánico inquietante. Cerré la ventana de conversación con él. Trate de buscar su correo en todas las listas de contacto, pero no lo hallaba. ¿Cómo es que se metió en mis contactos?

De pronto, sonaron varios tucutín. Por el lado derecho de mi pantalla se llenó muchas notificaciones de él, uno sobre otro, con el nick cambiando: “El león encontró carne fresca”. Las notificaciones desaparecieron, pero algo aterrada, le comenté a Omar.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Omar, he estado recibiendo cosas feas d un extraño hombre por el msn… estoy asustada

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Q dices??? Cómo?? Cómo es???

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*T estoy diciendo q es extraño… No se como es… Pero estoy recibiendo muchas notificaciones de el… Tengo miedo…

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Entonces salté d tu Messenger… Cierra tu sesión… Voy a ver si puedo ir a tu jato

Afirmé por esa tan fácil idea. Me despedí, insistiéndole que venga. Cerré todas mis conversaciones, y lleve el puntero al botón Cerrar sesión. Al oprimirlo, en mi pantalla salió una advertencia.

Usted no puede cerrar su sesión porque esta manteniendo una conversación. Cierre todas sus conversaciones y vuelve a intentarlo.

¡Qué! Tengo todas mis conversaciones cerradas, además nunca sale esa clase de advertencia al cerrar. Como no tenía nada que cerrar, oprimí el botón nuevamente, pero la advertencia salió.

Tucutín. Salió una pequeña notificación, diciendo que él me estaba escribiendo. No quería revisar, pero mi computadora actúo como si tuviera un tremendo virus informático. La ventana de conversación se abrió y reveló un texto.

El león encontró carne fresca dice:

*No puedes cerrar tu sesión… es mejor que no lo hagas…, porque dejaré de verte y no quiero eso.

*Quieres verte??? Mírate

La ventanita de cámara web surgió de repente, revelando un monitor de computadora… Tenía el mismo aspecto de mi ventana de conversación, con la ventana de él proyectando más monitores dentro de otro… Pero mi boca se abrió del puro pánico, al ver que mi expresión aterrorizada, verse por una ventanita… Me estaba observando. ¡Me estaba observando!

Abruptamente, fijé mi mirada en mi cámara web. Tenía la lucecita de power on encendida… Con la cara tiesa, y mis ojos desorbitados clavados en la ventanita y mi expresión filmada, llevé mi dedo directamente al CPU…

Dio un apagón general a mi computadora. Pero mi cámara web seguía encendida. Me agaché, desconecte el alimentador principal, y mi cámara web por fin se apagó.

Me quedé sentada, muerta del susto. Este no era cualquier persona. Este era un hacker, porque interfirió en mi Messenger, activó mi cámara web sin mi conocimiento y… y… podía pasarse como yo…

¡Make me feel like I can make it real…!

El timbre musical de mi celular me pegó un tremendo susto que proferí un grito. Mirando por momento a la cámara web, fui a contestar.

—Aló… —dije con voz quebrada.

—Cristina —se escuchó la voz de mi amiga Emma—. ¿Estás bien? Omar vino a la universidad y me contó que estuviste recibiendo mensaje de un hombre raro.

—Si, amiga —y luego le conté toda la historia.

—OH, mierda —chilló ella, preocupada y aterrorizada—. ¿Te vio? Esto es peligroso, Cristina, peor aún si es un hacker… En mi carrera me contaron que existe una categoría de hackers que lo llaman black hat, son unas clases de hackers muy astutos y pueden meterse por Internet, las computadoras filtrando, alterando toda informática posible…

—Ya me estás asustando más, Emma

—Discúlpame, amiga. Pero es sólo para que enteres y tengas conocimiento. Ahora el mundo esta inundando por la informática…

Ahora sonó mi teléfono. Con Emma aún en línea, activé el altavoz para no sentirme sola, me acerqué al teléfono y contesté.

—Aló…

— ¿Te gusto cómo luciste frente a la cámara web?

Aquella rancia voz hizo que gritara y colgará el teléfono de golpe.

— ¿Qué paso? —Gritaba Emma—. ¡Cristina, qué paso!

—Fue él… El extraño del Messenger… —dije a punto de llorar. Crucé media estancia y me agazapé contra la pared.

—Ay, Cristina… —dijo ella, horrorizada—. Este maldito es también un phreaker.

— ¡Deja tus huevadas, Emma! ¡Estoy espantada! ¡No te conté que quiere hacer una cosa horrenda conmigo —mientras hablaba mi cabeza se movió por todo mi estancia, miré por mi ventana que estaba a mi lado y me fijé en un hombre que grababa con una cámara de mano, desde su tragaluz— lo que sea…! ¡aaaaaaAAAAAHHHH!

—¡¡Corre, Cristina!! —chilló Emma, sin saber si estaba en peligro.

El terror me inundó por completo. No sé como tomé el pestillo de mi puerta, pero salí a la fría calle, con el cielo oscuro haciéndome acordar la ventanita negra. Los vecinos salieron de sus casas por los tales gritos que daba…

—¡¡No dejes de correr!! —me decía Emma.

— ¡Qué te sucede, chica! —dijo una señora consternada, acompañada de unos adolescentes, que estaban con un rictus en sus labios.

—Hay un chico… que está espiándome —dije con las palabras estropeadas por el terror—. Ahí… Ahí… —Apuntando el segundo piso de la casa, que estaba a dos de la mía.

La estuvo amenazando, señora —decía Emma desde mi celular.

La señora me miraba con ojos escrutadores, pensando si era una buena broma hecha por jóvenes vagos. Los adolescentes que la acompañaban estaban al borde de la risa. Yo solamente lloraba y suplicaba que me ayudara. Sabía que podía ir corriendo, pero el horror me mantenía impotente, en un solo lugar.

El vecindario se puso a mí alrededor… Algunos viéndome con malos ojos y otros con lástima… La señora insistía a los demás que yo era una malcriada que jugaba con bromas. En eso, apareció Omar, junto a Emma. Ellos dos vinieron a mí a consolarme, tratando de calmarme, porque estaba muerta del miedo.

La policía llegó dentro de tres minutos, junto a mi padre. Conté toda la historia, donde Emma y Omar trataban de apoyar, porque no dejaba de balbucear. Cuando llegué a la parte donde vi al hombre, me preguntaron en dónde. Indiqué el tragaluz en el segundo piso de la casa.

—Irrumpiremos en la casa —constató el policía.

Con el vecindario alrededor, los policías se pusieron frente a la puerta de la casa. Llamaron a la puerta, pero nadie abrió. Es donde entró la actitud brusca, como en las películas, se lanzaron contra la puerta y se abrió.

Mis amigos, los dos policías, mi papá y yo entramos. Un tercer policía impidió que el vecindario se acerque mucho.

La casa tenía una apariencia muy desértica, como si nadie y nunca lo hubiese habitado alguien. Tenía muebles rotos, un olor fuerte a cigarro y algunos rastros de moho por todo el lugar. Desde ahí el bullicio del vecindario venía amortiguado, aparte de un sonido raro que parecía provenir de la casa.

Los policías iban delante de nosotros con unas linternas, mientras los haces de luz develaban muchas cosas más como cables, tres monitores de computadora, una bolsa plástica llena de mouses descompuestos, teclados y algunas cámaras web.

Aunque estaba con mi padre,  mis amigos y los policías, tenía escalofríos.

Llegamos a un lugar profundo de la casa donde encontramos una escalera de caracol, oxidada y solitaria. Lentamente, comenzamos a subir. Ahora se podía escuchar el raro ruido procedente de la casa. Venía del segundo piso.

Me amenazó… Me dijo que me iba a matar… Dijo que el león tiene carne fresca… Tengo Miedo

Encima de nosotros, al final de la escalera, había una salida por donde se veía entrar una luz parpadeante.

Cuando surgimos por la salida, nos encontramos en un cuarto repleto de cuatro monitores de computadora, muchos accesorios para informática, una consola, cámaras web. En cada monitor proyectaba un escritorio repleto de iconos de programas sofisticados y extraños. En una pared estaba el enorme tragaluz donde él había estado espiándome. El problema es que el extraño no estaba, desapareció, esfumándose, como si se hubiese metido a la Internet y tendría como destino un lugar desconocido. Las cosas físicas que dejó eran unos lentes solares, unas revistas pornográficas y un vaso medio lleno de Coca Cola.

Los policías examinaron todo el cuarto, de polvo en polvo. No obtuvieron nada, sólo muchos objetos de informática…

De repente sonó un tucutín del Messenger, inmensamente fuerte, que nos pegó un susto a todos. Los monitores mostraron una pantalla completamente roja, tiñendo a su vez la habitación, con un símbolo de un rostro amarillo macabramente feliz, con los ojos rojos y desorbitados, una amplia sonrisa y con una frase espeluznante que hasta se oyó.

El hacker nunca se deja ver, pero sus productos sí —de los parlantes salió una voz distorsionada, difícil de reconocer.

Las pantallas rojas desaparecieron para mostrar rostros distorsionados de chicas, donde el horror llenaba su expresión. La última fue mía, filmada desde el punto de él, directamente del tragaluz. Me vi corriendo hacía la puerta, muerta del pánico, mientras una risa maquiavélica traía de fondo. Me apegué a mi padre del puro susto.

extrañousuario

Después, los monitores volvieron a la pantalla roja. Inmediatamente se escucharon diferentes sonidos, propios de Windows, pero se entremezclaban y algunos parecían hechos por pequeños diablillos. Me quedé mirando las pantallas, hipnotizada, llena de algo…

Rápidamente, todo sucedió en segundos. Una bola de cristal de discoteca surgió de no sé donde. Producía una trayectoria peligrosa, directa a nosotros. Empujé a mi padre contra un costado. Emma se lanzó contra Omar, mientras desaparecían escaleras abajo. Los policías trataron de evitar la bola, pero inmensamente inútil, porque los golpeó, enviándolos contra las computadoras.

La bola emitió un silbido cristalino en su rápido trayectoria, hasta que impactó contra la pared. Los añicos de cristal volaron por todas partes, como dardos deliberados. Unos cayeron sobre los policías que trataron de incorporarse. Otros lastimaron a mi papá y a mí…

Con los brazos lastimados por los vidrios, me fijé en la pantalla de una computadora, la única intacta, con el símbolo de aquel sujeto, aquel extraño usuario.