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Intro lunar

Publicado: 25 agosto 2009 en Llini G
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lunar

Títulos hemos leído en todas partes: ‘El viejo y el mar’, ‘El mundo es ancho’. Todas estas cosas nos remiten a una historia de soledad, crear un mundo donde solamente una persona puede existir. Fijarse en aquellos detalles que le pueden dar la fuerza significativa de seguir viviendo.

Mi universo particular está lleno de esas cosas. Busco una vez al año estar envuelta en algo diferente. Pienso mientras camino. Escribo de lo que pienso y  finalmente lo comparto con cualquier persona que lo lea como si fuese su propio espejo, su libro de desasosiegos. Quizás hasta diga: “ella siente como yo”.

La fortuna que me ha tocado vivir y quizás ver el mundo de manera algo diferente comenzó a los 3 años. En un intento mezquino y egoísta, mi padre nos dejo a mí, mi madre y mi hermanita solos en una casa vacía, pero llena de recuerdos, sin sabores. Ahora busco oportunidad en esta vida, tratando de encontrar el cajón donde pudiera caber todo mi mundo pequeño que ya había perdido su balance. Aunque nadie lo crea, odiaba los juguetes. Me parecía como si alguien me dijera lo que debía hacer. Mi mundo prefabricado era una caja de muñecas de plástico que poco o nada me atraía. Prefería una bici, unas cajitas de caldo Maggy vacías, un montón de culantro, una caja de pasta de dientes vacía. Raro o no, eso era diversión para mí. Leía libros y recitaba poemas en dos idiomas a los cinco años. Estaba más que preparada. Como dijera mi madre: “Todo niño viene al mundo con un pan bajo el brazo, tú viniste con una enciclopedia, con una imaginación imparable y demasiadas ganas de vivir. Para ti la vida no solo es comer, beber y dormir para el día siguiente hacer lo mismo, sino vivir, soñar, alejarse de todo y pensar…”

Mamá era todo para mi mundo pequeño, era el soporte frágil de lo que aún quedaba. Era quizás la última viga luego de un voraz incendio. Pero sabemos que nada dura para siempre. Un día caluroso de 1998, ella se fue. Dejó a sus dos pequeños retoños en medio de las cenizas, dejándonos aquí para construir un nuevo mundo. ¿Ocho años me eran suficientes, quizás para hacerlo? Con el tiempo he comprendido que sí.

Ahora me remito a lo de todos los días: Hay un anciano misterioso que toca la flauta por las calles. Mi abuela me dice que, cuando era niño, mi tío se quedaba a mirarlo tocar y le daba una moneda. Más que un óbolo, aquello era un símbolo de amor y cariño. Mi tío, treintón ahora, lleno de barba y muchos kilos encima, a diferencia del niñito que lo miraba, lo mira aún, e inclusive lleva a su pequeña hija a mirarlo. Hay un asunto: El anciano es ciego. No hay edad, ni impedimento físico que te digan que no puedes salir adelante. Mientras tengas los pies en el suelo y quizás un poco de la mente en el aire puedes hacerlo.

En el aire o en la luna.

Primera vez

Publicado: 19 agosto 2009 en Emovi
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El chillante y glorioso timbre de la escuela sonó. Cursábamos el quinto año de secundaria en una escuela nacional, el ruido de las carpetas y el gris oscuro de nuestros pantalones impulsaban a crear una atmosfera como de cárcel, cautiverio, colegio.

- Oe!, ¿qué vas hacer mañana en la tarde?- me preguntó el Burrito, mientras metía sus cuadernos sin forrar a esa mochila azulada que traía desde hace 3 años atrás.

Al Burrito lo conozco hace 2 años, me lo presentó mi primo. El Burrito es una leyenda en el colegio, ha repetido 3 veces y parece que se va a jubilar en él (¿por qué crees que le dicen “Burro”, pes weón?).

-Pues, no sé, comer, salir, ir al colegio… por ejemplo- le respondí sarcásticamente, haciéndome el desentendido.

No era, ni será la primera y última vez que me digan para “tirarme la pera”, ya lo hice antes: para continuar la juerga de ayer, para ir a nadar en el río, o para jugar una pichanga contra otro colegio.

-No jodas pues Javier, sabes a qué me refiero.

-Jajaja, si ya sé.

-¿Te apuntas?

-No sé, ya estoy faltando 5 veces en lo que va del mes.

- Ya no te hagas la consentida de papi, si tus viejos ni paran en tu casa.

Hubo un instante de silencio, era como si me estaría echando en cara o dándome una justificación para mis malos actos, pero lo peor era que tenía razón. Un grupo de niños de sexto año pasó corriendo entre nosotros, empujando y gritando a quien se entrometiera entre ellos y la puerta.

-Habla ¿vas?

-Ya.

-Serio, después no vengas con que tu conciencia te hace una mala jugada y….

-Sí, voy a ir

-Bueno.

-Y ¿a dónde?

-Este concha….

-Jajaja es que no sé pues weón.

-¿Tonces por qué dices que sé?, vamos al Trocadero, a matar reses

-No jodas ¿serio?

-Si weón, ¿ya fuiste?, o eres…- sonrió maliciosamente, haciendo un gesto con su mano.

-Jajajja, no soy como tú, es solo que nunca se me presentó la oportunidad para ir.

-Yaaaaaaaaa…

La conversación se prolongo todo el trayecto en el carro, sobre el mismo tema, el Burrito cuestionando mi hombría y virilidad, y yo tratando de dar explicaciones a sus tontas preguntas y acusaciones. La tarde la pasé entre tareas, ver tele y pensando en mi “debut en las ligas mayores”, porque en el mundo de los “macho men”, ser casto no es un privilegio, es un rango, y muy alto.

Recuerdo que una vez mi primo me dijo “Mira primo, cuando aprendes a conducir una moto, te compras o alquilas las más baratas, los maltrataditas, porque es para practicar, pero cuando quieres uno para ti, te compras el más lujoso, el más chévere, el cero kilómetros, lo mismo pasa con las jermas, tienes que practicar, ensayar, experimentar, para lucirte con tu esposa; eso sí, las demás con las q te acuestas son por mientras, pero tu esposa tiene que ser un ángel, ¿o quieres pasar el resto de tu vida con una puta?” Al principio no comprendía esa comparación entre una moto  y un ser humano, tenía apenas 12, pero con el tiempo lo fui captando, al igual que descubrí la misma comparación en un libro. Creo que mi primo lo leyó pero no lo comprendió.

El día cero nos reunimos en el paradero del colegio: el Loco, el Burrito, Miguel y yo. Tomamos un carro con dirección al aeropuerto (“‘ta lejitos pero es uno de los mejorcitos”), y nos bajamos en un local algo “caleta”. Nos cambiamos de ropa y nos apresuramos  a entrar. Había gente de todo tipo: desde viejos verdes, gordos hambrientos de sexo y jóvenes con ansias de debutar, algunos atisbaban desde las ventanas. Otros, más osados y conchudos, abrían las puertas de los cuartos y se ponían a ver, al menos  hasta que alguien los votaba.

-Traes una cara de aguantado – me dijo el Loco, sonriendo.

-Todos traen plata ¿no?- gritó el Burro, frotándose la mano.

- Claro pues, sino cómo…

-Tonces’ hagan una chanchita pa’ pagarme.

-No jodas pues, Burro, tú invitas y no traes plata.

-Es que debía a la tía del cebiche y ahí se fue todo, toy aguja…

- Ya yo te pago Burro – dije algo desganado.

-Sssseeeee mi pata Javier, a ver muchachos, a servirse.

Entramos a una especie de local-casa, algunos se encontraban sentados, viendo un video no apto para menores, esperando que su “caserita” se desocupara, mientras que otros pasaban mirando a las chicas, que se exhibían en ropas provocadoras, sin decidirse aún.

-          Burrito, mi hijo ¿otra vez por acá?

Una mujer voluminosa y de unos 40 aproximadamente, se acercó muy coquetamente hacia nosotros, abalanzándose cariñosamente hacia el Burro.

-Claro pe tía, si hay buen servicio y producto ¿por qué no volver? Muchachos, esta es mi tía la “culombiana”, digo colombiana. ¡Oe tía! por cierto, te traigo a mi pata Javier que va a debutar, y a ver si me separas una como para él.

-Justo hace una semana me llego una como para él – dijo mirándome firmemente – Sígueme.

La mujer me cogió del brazo y me llevo a través de un pasadizo, bañado por luces rojizas y violeta, proveniente de los cuartos y las lámparas del pasadizo, el ambiente olía a sudor, a cigarro, a sexo.

-Margarita, Javier; Javier, Margarita.  Ahora sí, pagando, pagando, mi hijo, o no hay producto.

Le entregué un billete de 50 soles y me hizo pasar a un cuarto algo desordenado. La chica (mejor dicho, la niña), se sentó en la cama y se comenzó a desnudar, pude ver la figura de sus senos, tan perfectos, que parecieron ser tallados a mano, sus caderas tan impactantes. La abracé. Tenía unas enormes ganas de hacerla mía, la deseaba, mi impulso de hombre me lo exigía, pero me detuve, no pude al ver sus ojos, todavía podía sentir esa ternura, esa pureza, esa calidez, que irradiaba de ellos. Paré. Me quedé ahí. Me levanté y me vestí, mientras ella miraba asustada y algo sorprendida.

-No te preocupes, son cosas mías – le dije.

Pude vislumbrar de reojo que bajaba la cabeza y se comenzaba a vestir.

-¿De dónde eres?

-De Nauta – me respondió temerosa.

-¿Cuántos años tienes?

-16.

-¿Podemos hablar?

-Sí.

No me importo gastar 50 soles para solo charlar. Hablamos sobre la vida, sobre que le gustaría hacer y ser, sobre si tenía novio, si alguien le gustaba, no le bombardeé con preguntas de cómo llegó a ese lugar, si está mal lo que hace, ni comencé con un sermón. No me gusta hacer revivir malos recuerdos, al menos la desconecté de su presente por unas horas. Al menos me desconecté yo mismo de mi realidad.

Así fue mi primera vez.

extusu23

Estaba sentada en el asiento copiloto del carro de mi padre. Era un Chevrolet Silverado, con el interior plagado de aroma de pino. A través del empañado parabrisa observamos el cielo plomizo, mientras por mi cabeza pasaba el enfermizo nombre de Alfa y Omega.

—Tu madre esta desesperada —dijo mi papá, intranquilo—. Mi celular no ha dejado de chillar toda la noche y gasté toda mi saliva diciéndole que estábamos para irnos a Miraflores.

No hable. Sólo quedé mirando el cielo plomizo, mientras los enormes paneles de publicidad me distraían.

— ¡Cristina, te estoy hablando!

—Cállate, papá —dije susurrando, con los ojos posados en niños llevando globos de helio—. ¿No puedes calmarte…?

— ¿Calmarme, hija? ¡Ese imbécil te pudo haber violado!

—Ya lo sé, papá. Es que Emma y Omar resultaron heridos al caer de la escalera…

—Se curarán, hija —dijo a secas, tajante.

—“Se curarán, hija” Papá, Emma se fracturó la cabeza y Omar casi muere. ¡Lo que odio de ti es tu presencia desaparecida! ¡Ni siquiera estás en la casa! ¡Y parece que te doy por muerto!

—No me hables así, Cristina —me calló con una voz furiosa, haciendo gestos enfáticos por cada tajante palabra—. No hubiese pasado esto, si no te hubieras dedicado estar en ese maldito Messenger!

Hablé la boca para hablar.

— ¡Y cállate que la gente está mirándonos!

Quedé sedada con su furia. Miré por el parabrisas y había personas que nos miraban con aprensión. Las personas se detuvieron a vernos mejor, con caras de entrometidos, distraídos por los gestos tajantes de mi padre, mientras el semáforo indicaba rojo.

—Cuando lleguemos a casa, no le cuentes cualquier tontería a tu madre. Ni de esta conversación…

No le hice caso. Tenía mi vista fija en un punto. Cualquiera se pudio haberse percatado. Pero esto me pareció muy raro. Mi padre seguía hablándome, pero aquello me mantuvo en un trance.

El hacker nunca se deja ver, pero sus productos sí…

El emoticon macabro de él estaba ahí. Dibujado en un globo amarillo de helio. Flotando sobre la cabeza de un niño que reía descontroladamente.

Cristina…

El globo dio una vuelta sobre ella, mientras los ojos me miraban. Mi padre me estaba hablando, pero no le hice caso. Aquel globo me estaba engullendo en un tremendo temor. Mi vista se disipó, y tuve en frente un flashback. No estaba agonizando. El globo fue reemplazado por la pantalla roja, con el emoticon.

Sentí un silbido en mi oído, que se agudizó. Las personas comenzaron a moverse lentas, sin importancia, yo permanecía hipnotizada por ese globo desplazándose por el aire. Escuché un estallido vidrioso en mi pensamiento atolondrado.

—Cristina —me llamó mi padre.

Me sobresalté, mirándome los brazos llenos de heridas. El semáforo seguía en rojo, pero el niño con el globo amarillo estaba en la distancia.

— ¿Qué te pasa?

—Nada —respondí callada. Aquello desvaneció mi repentina furia hacia mi papá.

Todavía mi vista estaba impregnada por la coloración roja de las pantallas. Como si hubiese visto un punto rojo durante mucho tiempo y después se quedará presente en la vista, después que aquel punto desapareciera.

El semáforo rojo se puso en ámbar. Quisiera verte… Y luego en verde. Los carros revivieron y fueron reyes de la pista. Mi papá no habló. Solamente se quedó mirándome de reojo, asustado, circunspecto, enojado.

Mi celular sonó dentro de un rato. El identificador decía que era mi madre. Mi padre botó un bufido de impaciencia.

—Hola, hija

—Mamá, no puedes calmarte. Acabas de llamarme hace quince minutos. Y no paraste de llamarnos desde que me desperté.

—Discúlpame, hija. Estoy asustada de que te pase algo. Pasaron tu caso por el noticiero…

— ¿Qué?

— ¿Qué dice  tu madre?

Tapé el auricular.

—Mi caso salió en los noticieros.

— ¡Qué! ¿Tan rápido se enteró la prensa?

—Y ¿cómo están tus amigos, Cristina? —preguntó mi madre con un tono lastimero.

—Están graves, mamá. Realmente graves —levantando la voz para que mi padre escuchara. Botó otro bufido de tremenda desaprobación—. Emma esta con una fractura en la cabeza y Omar tiene una nariz totalmente rota.

— ¡Ay, me muero! —dijo mi madre, con su frase característica de ella.

— ¿Y ya lo encontraron?

—Hemos hablado con la policía. No han llegado a identificar al sospechoso por nada. ¿Salió algo en las noticias?

—Anunciaron tu caso, pero lo bueno es que no te contactó la prensa. Hablaron con la policía. Dijeron que están haciendo una rigorosa búsqueda del sospechoso, porque ya tuvo seis víctimas anteriormente —Las chicas del vídeo, pensé—. Contactaron con las víctimas anteriores, pero se negaron dar el paradero de las víctimas a la prensa. Lo raro es tu caso, Cristina…

— ¿Qué es lo raro, mamá?

—Tú te salvaste —mi madre hablaba susurrando, preocupada, alterada, casi en el taciturno completo.

— ¿Cómo que me salvé?

—Las otras chicas resultaron…

—Resultaron cómo, mamá.

—Esto es terrible, hija.

—Mamá, puedes hablar, por favor —bajé la voz. Aproveche que un camión ruidoso estaba a lado nosotros—. Si no me dices qué pasó, me voy a aterrar más.

—Ay, hijita…

—Habla ya, mamá.

—…

—Mamá…

—Fueron violadas. Una de ellas tuvo un hijo —Mi ojos se quedaron tiesos—. Una resultó muerta… Nadie les vio la cara. Santos Dios, hija. ¿No te enteraste de eso? —Profirió un tono molesto.

El cambio de humor fue repentino.

—Mamá, paro el mayor tiempo en la universidad.

—Y en ese programa de la computadora… ¿cómo se llama? Missenger, Mosunger

—Messenger

—Esa cosa… Cuándo vienes a la casa, voy a hablar seriamente contigo.

—Ya soy adulta y no vengas con tus reñidas…

—Una adulta inmadura.

—Por favor, mamá. No vengas con tus cositas.

—No me interesa si tienes veinte años, hijita —enfatizando “hijita” de manera muy punzante—. Pero me di cuenta que aún te falta mucho por madurar. No entiendo. ¿Qué hice mal contigo?

—No hiciste nada mal conmigo.

—Cuando vienes hablamos ya. Chao —y colgó.

Seguro a mi padre no le faltó preguntar qué paso, porque se dio cuenta a través de mi consternado rostro enfurecido. Se rió. Me irrité. Miré por la ventanilla, con mis padres oponiéndose contra mí y el extraño usuario. Como si fuera cómplice de él.

Llegamos a  Miraflores. Con él, todo alrededor cargado de publicidad, personas caminando de un lado a otro, el chorro de agua de la fuente del  Óvalo llegando casi al cielo, los cines, las tiendas, los restaurantes, todo formando un adorno lleno de algo contemporáneo.

Giramos a la derecha y entramos a otra calle, paralelo al parque Kennedy y la Iglesia. Observé personas sentadas, tomando aire parcialmente fresco, chicos lindos estudiando bajo la sombra de árboles, abuelitas conversando de sus pasatiempos. Me dormí en todo el trayecto hasta aquí. Mi madre no me llamó después de la ruda conversación. Y lo consideraba “rudo” por algunas razones tan obvias. Doblamos por la izquierda, entrando a la avenida Benavides. Los altos edificios, considerándolo así, porque jamás he viajado a la ciudad de los rascacielos, nos taparon con sus sombras. Hasta ahora esto eran lo más altos que he visto. El Chevrolet Silverado dobló por la derecha y entramos a la avenida Porta. A diferencia a la Benavides preferencial con su establecimientos comerciales, esta era como una calle común y corriente, con casas contiguas, como departamentos, adornados de jardines, verjas de entradas y puertas barnizadas. Lo que quedaba era el lujo.

El auto se estacionó delante de una casa de aspecto como la casa de los siete enanitos. Blanca, dos pisos, el techo al puro estilo irlandés, ventanas con alfeizares y un puerta barnizada con un complicado tallado. El jardín era pequeño, cargado de flores y arbustos, separado por un corto sendero. La verja de entrada era un diseño siempre raro, que nunca le pregunté a mi madre de qué se trataba.

Bajamos del auto. Mi padre puso la alarma con ese controlcito. La puerta barnizada se abrió de repente y mi madre apareció. Tenía el aspecto cansado, con el rostro ligeramente arrugado. Estaba ataviada con una ropa normal, una blusa con un estampado  y unos jeans azules, y unos tacones.

Cuando me vio, vino corriendo hacia mí. No enfurecida, sino contenta de verme. Abrió la verja y me abrazó. Mi padre boto su bufido de impaciencia. Miró de reojo y entro a la casa.

— ¿Estás bien, hija?

—Estoy bien, mamá. Gracias.

—Vamos, hija. Entra

Caminamos por el sendero y entramos a la casa. Mi papá estaba sentado en el sofá, leyendo el periódico. Mi madre me hizo sentar en un puf de gran tamaño, delante de mi padre, mientras se iba a la cocina. Mi casa no había cambiado. Seguía reluciente como siempre. Con ese olor almizcleño, la luz que entra por las claraboyas y muchas otras cosas. La presencia de un computadora era fundamenta y estaba ahí, junto a la portentosa chimenea.

—La noticia no está en los periódicos. Qué bueno —comentó mi papá.

Mi madre regresó con un vaso lleno de refresco de maracuyá. Me la ofreció y yo tomé un sorbo. Ella me preguntó toda la historia ahora que estaba mi presencia. Le conté todo, de mi llegada de la universidad, haciendo la tarea en la computadora, descansado revisando mi correo y chateando, y encontrar de repente a ese extraño usuario. Puso un gesto ceñudo, llevando una mano al pecho. Lo que siempre hacen las señoras. Cuando entré a la parte de que me vio por la ventana y corre asustada. Mi madre se puso de pie y gritó:

— ¡Ay, Humberto! ¡Esto es horrible!

— ¿Y por qué me lo dices a mí, Asunción? Deberías decirlo a ella —apuntándome—. Eso le pasa por estar todo el tiempo en ese maldito Chat… Y eso no hubiera pasado, sino hubiese estado todo el tiempo ahí.

— ¡Papá! ¡Estuvo a dos casas de la de nosotros! ¿Crees que tiene que ver algo el Messenger en esto? Ya te dije, no hubiera pasado nada de esto si hubieses estado en la casa.

—No me eches la culpa, señorita… —contraatacó mi papá. Botó el periódico al suelo—. Tu tienes la culpa por andarte juntando con tarados de la universidad.

— ¿Ellos la culpa, papá? ¿Qué tienen que ver ellos en esto? Él me estuvo vigilando. ¿No crees que estuvo mucho tiempo antes en el vecindario?

— ¿Y cómo sabes eso? —pestañeo, esperando mi respuesta. Mi madre se había quedado ausente, como si hubiese esfumado cuando había gritado.

— ¡Porque busco la lógica, papá!

— ¿Pero cómo supo tu dirección?

—Cara… —me pausé. Mi madre quiso abrir la boca para hablar y mi padre abrió los ojos enormemente—. Viste la habitación llena de computadoras. ¿Acaso no te contaron que era un hacker?

Me puse muy impaciente.

—       ¿Saben qué?, no voy a soportar que me echen la culpa de todo —no quería quedarme callada. Escuchando las acusaciones de mi padre. Tenía autocontrol, pero esta vez ya me había sacado de mis casillas—. Si están aquí para que me apoyen, no voy a aceptar que me pongan como cómplice. Gracias mamá por tu bienvenida. Voy a dormir.

Sobré el refresco de maracuyá. Lo entregué a mi madre. Y me dirigí a la escalera. No voltee a verlos, pero estaba segura que me miraban con ojos penetrantes, lleno de una contrariedad inusitada. Subí la escalera sonoramente, pisando fuerte, retumbando la madera. Llegué  a mi antiguo cuarto, entré y me tumbé en la cama, mirando el techo. Lo que me gustaba de mi cama era sus sábanas, que te engullían con su suavidad.

Por mi cabeza pasó el rostro asustado de mi mamá y la expresión ceñuda de mi padre. En el techo comenzó a dibujarse todo lo que pasó —estaba recordando, por supuesto—, apareciendo la silueta de él con la cámara de mano grabándome. Se dibujó también el emoticon de las pantallas y del globo. La cara inconsciente de Emma y la nariz irreconocible de Omar. La bola de cristal surcando toda la habitación. Era fácil recordar lo que me pasó. No me sucedió nada feo como eso en mucho tiempo, después de presenciar la muerte de hermano.

La luz de la ventana entró con más intensidad. Tenía que ser la diez. No levanté mi celular para ver la hora. Sólo me quede así hasta que mi celular sonó. Era un mensaje de Andrea.

Ola, Cristina. Me contaron todo lo que te paso y a Emma y Omar. Todos aquí están preocupados también.  Lo siento por no llamarte. Es que estoy muy ocupada, en clase. Chao. T_T

Me quedé mirando el mensaje durante un rato. Me quede echada en la cama, sin dormirme. Solamente contemplaba el cuarto. Y durante ese lapso recibí muchos mensajes, demasiados.

— ¿Cristina? ¿Hija? —llamó mi mamá desde la puerta.

—Vienes a decirme otras cosas, mamá.

—No, hija

— ¿Entonces?

—Hay dos policías que quieren hablar contigo. Están abajo.

Lo que me faltaba. Me levanté de la cama, deslizándome por las sábanas. Mi madre puso su aspecto de niña lastimada, pero no quise abrazarle. Bajé y encontré a los dos policías sentados en el sofá donde estuve mi padre, que ahora estaba sentado en el enorme puf.

—Buenos días, señorita Cristina. Tenemos noticias sobre el sospechoso —estreché las manos de los dos. Me senté en un sofá pequeño y mi madre se quedó parada junto a la ventana, vigilando a los vecinos.

—Hemos descubierto que perteneció a un grupo de hackers, dueños de un sitio web ilegal donde ponían a disponibilidad de descargas muchos artículos sin ningún estreno previsto —dijo el primer policía. El otro no se le escuchó a continuación.

— ¿Con qué nombre? —preguntó mi padre.

—No hay nombre por ahora. Se halló con el mismo “seudónimo” que nos describió la señorita: Alfa y Omega.

— ¿Y cómo están seguros de que es él?

—Aquel nombre tiene un enlace que lleva a un perfil.

—Podemos verlo en la computadora —dijo mi padre, indicando al ordenador y haciendo el ademán para levantarse del puf.

—No será necesario, señor. Aquella página tiene una cantidad de virus. Y es posible que su computadora se descomponga al entrar a la página. Pero le trajimos capturas de la página y el perfil.

El segundo policía sacó unos papeles de una carpeta.

—Según Telefónica, el servidor de la página es totalmente ilegal.

Recibí la captura. La portada de la página era completamente negra. Las letras verdes y tenía una estructura bastante simplona. Estaba encabezada con un título, también verde, llamando a la página como Warez Peruano. Miré la lista de los colaboradores, todos con “seudónimos”, y entre ellas estaba el nombre de él. Alfa y Omega.

—Este es el perfil del sospechoso.

Cuando me entregó la captura, mi mirada se posó en una cosa: el emoticon. Estaba junto a su seudónimo. Aquí decía que había iniciado su sesión el sábado 4 de julio, ayer, y era una hora antes que me había asustado. Eso era una pista.

Al despedirme de los policías, me calmé un poco. Me dejaron las capturas, porque ellos tenían otras. Cuando abrieron la puerta, eché un vistazo a la calle y distinguí a los vecinos, viendo el carro de policía.

Cuando cerramos la puerta, mi hombro sintió la mano de mamá. Mi padre sólo se fue a sentar nuevamente en el sofá.

Mi madre se quedó mirándolo.

—Humberto, ¿puedes hacerme un favor?

— ¿Qué?

—Ee… ¿puedes acompañar a Cristina a los parapentes?

Salí de mi ensimismamiento. Mi papá profirió un “¿uh?”, expresando un rostro perdido.

— ¿Puedes acompañar a tu hija a los parapentes?

— ¿Y para qué?

—Creo que sería bueno para que se le pase la tensión. Con todo lo que le está pasando…

—Está bien —asintió mi padre.

—… eso podría…

— ¡Está bien! Iré con ella en la tarde. Después del almuerzo.

Y así fue. No sé si sonreí ante aquella propuesta, pero quedé un poco aliviada. El almuerzo fue muy tenso, que apenas pude sentir el sabor del escabeche. Mi padre no levantó de la mirada del almuerzo, y sólo lo hizo cuando quería algo más.

Para arruinar la situación sólo faltó que sonará mi celular. Ellos me miraron con malos ojos, pero contesté. Era Andrea con su voz atiplada, estropeada.

—Hola, Cristina.

—Ah, hola, Andrea. Recibí tu mensaje.

—Estaba preocupada. Te cuento que fui a visitar a Emma y Omar…

— ¡Dios! ¿Cómo están los dos?

—Están bien. Hubo derrame de sangre de la nariz de Omar, pero están bien.

—Eso me tranquiliza. Cuando fui al hospital en la mañana, Omar estaba teniendo una horrible hemorragia por la nariz.

—Pobrecito —dijo melancólica—. ¿Y qué estás haciendo ahora?

—Estoy almorzando, después que vino la policía. Voy a los parapentes para dejar de tensarme.

— ¿A los parapentes? ¡Que bueno…! Los parapentes…

— ¿Dijiste algo, Andrea? —pregunté intimidada.

—Dije qué… —pausó su emoción.

—Nada…

— ¿Qué pasa?

—Nada, nada… Sólo te digo que voy a ir a los parapentes y de ahí me voy de nuevo al hospital a visitar a Emma y Omar… —Boté un suspiro.

— ¿Qué te pasa?

—Me siento muy mal por ellos. Parece que no fui la víctima, sino ellos. Salí ilesa de todo lo ocurrido.

—…

—Por eso quiero que den con él.

—Seguro lo harán… Cristina… No… Ellos…

— ¿Qué dices, Andrea? —pregunté impaciente.

—Seguro lo harán como tu dicen, Cristina —me contestó como si yo fuera una sorda—. No pasará nada. Ellos lo van a encontrar.

—Cristina… —llamó mi mamá. Voltee a verla. Ella me dijo susurrando—: ¿Ya?

—Gracias, amiga. Tengo que irme porque debo terminar el almuerzo, para luego ir a los parapentes.

—Bien, bien. Chao, amiga. Te espero en el hospital.

—De acuerdo, chao, chao.

—Chao.

Continúe con el almuerzo. Mi madre me miraba con mala cara. No importó eso. Al menos alguien de mis amigos me llamó y no me sentí tan encerrada en este cuidado.

Al terminar el almuerzo, fui a ducharme. Me coloqué la ropa más adecuada y bajé al encuentro de mi padre, que estaba en la puerta barnizada.

—Ahorita regresamos, Asunción.

—Tengan cuidado, por favor.

Salimos de la casa, subimos al Silverado y fuimos en dirección a los parapentes. Recorrimos a lo largo de Porta y salimos hacia la costa. No hablamos en todo el trayecto. Pasamos por un puente y el  Parque del Amor y llegamos a la zona de los parapentes. Estacionamos el carro en una playa y descendimos de ella.

En ese momento, un parapente se alzaba del precipicio con su piloto y su pasajero, contrastándose con el cielo plomizo. Y había otro a la distancia. En ese momento, el viento se le sentía frío y fuerte, agitando mi pelo largo y castaño. No tenía frío, solo estaba ansiosa de subirme a ella. Parecía que mamá tenía razón: me calmó un poco la tensión.

Papá pagó y pidió un boleto. Había muchos profesionales con sus parapentes, agitándolos al ritmo del viento, probándolos. En eso, mi mente femenina, se centró en uno de ellos. Era alto, fornido, pelo color miel y un increíble rostro. Y para hacerlo más increíble, me estaba mirando. Mordí mi labio inferior de pura picardía.

Él estaba sin clientela y era el único que quedaba. Todos los demás estaban flotando en el aire. Un señor nos guió, caminé junto a mi padre por una entrada y llegamos al despejado precipicio, con césped.

—Espérame un ratito, señorita… —Por suerte mía, llamó al chico—. Tú, ven… Lleva a la muchacha a un paseo.

—De acuerdo. Bien… Hola —me saludó. Tenía una voz hermosa, que me sonó muy familiar.

—Cuidado, hija…

—Ven, te voy a colocar el chaleco y el casco —me indicó él. Sus ojos era asombrosamente color caramelo, claros y seductores—. Ponte aquí.

Con sus manos, me colocó el chaleco y conectó con los mosquetones al plegador, que era una mezcla de rojo y amarillo. Puso una mochila con paracaídas de emergencia sobre mi espalda. Él se arregló los implementos que tenía y nos colocamos sobre el arnés del parapente.

Él primero se sentó. Luego lo hice. Una segunda persona, hizo el arreglo, mientras el plegador ya se había elevado, rígido y enorme. Un ligero vientecillo la destempló, pero no cedió.

— ¿Lista? —preguntó.

Asentí, con el viento agitando mi pelo sobrante que salía bajo el casco.

—Bien, vamos

Se puso mirando el litoral limeño. Yo también lo hice. El mar se le veía pequeño y, a su vez, maravilloso. Y cuando él corrió (empujado por alguien más), y avanzamos hacia el precipicio.

Lancé un gemido, cuando mis pies tocaron vacío. Miré abajo y observé la carretera, con los carritos como hormiguitas atléticas. Sentí que mi visión parecía como una cámara en un solo ángulo.

El parapente dio un giro, y al costado de nosotros estaba el precipicio, con mi padre  y las demás teniendo la apariencia de unos muñequitos. Nos distanciamos un poco, hacia el norte, con los otros parapentes paseándose por los aires.

— ¿Te gusta? —me preguntó él.

—Es maravilloso… Jamás he visto la costa sobrevolando sobre ella…

—Qué bien —dejo oírse. El silbante sonido y los ruidos de nuestras ropas al chocar con el aire no dejaban oír bien.

Y seguíamos así, sobrevolando. Giramos y regresamos hacia el precipicio, momento por el cual salude a mi papá, que por fortuna me saludó. Giramos nuevamente y fuimos otra vez hacia el sur, con una vista espectacular. Quería quedarme todo el tiempo, ahí, volando con el parapente, con la compañía del chico. Este despejó mi mente y miré con una esperanza, teniendo la fe que Emma y Omar se recuperarían muy pronto. Miré a los demás parapentes y solo había uno que podía ver, muy atrás de nosotros.

Ja, no importa. Solamente quería sentir el aire en mis mejillas por un tiempo más. Hubo una turbulencia pero no me preocupé. Estaba con él y me sentía confortable.

—Te estuve esperando…

— ¿Cómo dices? —proferí yo, con mi tono ensimismado.

—Te estuve esperando, Cristina.

— ¿Me estuviste esperando? ¿Cómo sabes…? No entiendo.

Los parapentes… Una electricidad surcó mi cuerpo. Me quede anonadada.

— ¿Quién eres?  —levanté el rostro para verlo.

—Baja la cabeza —espetó, mientras sentía algo punzante en mi espalda. Gemí—. Si gritas, te juro que te atravieso con este cuchillo.

— ¿Tu…? ¿Eres…? ¿Alfa y Omega?

—En carne y hueso, cariño —Sentí su mano deslizarse por mi cintura, bajo ella.

Mi cuerpo tembló.

—Por favor, no hagas nada —dije suplicante.

—No te preocupes —dijo él, haciendo un sonido deleitoso—. No te haré daño. Sólo quiero ocuparme de algo contigo.

—No, por favor.

Su mano voló hacia mi cara, con un trapo. Se pegó a mi rostro y aspiré, desesperada. Mi cuerpo se sintió débil en ese momento, viendo el mar aullando, desvaneciéndose. Mis párpados cayeron pesados y sentí caer en un túnel.

“La tenía en mis manos. Suavecita y calientita para la noche. Estaba tumbado en su asiento, con su cuerpo desparramado, sin dar movimientos. Agarré el GPS y el equipo de radio, y los lancé a la carretera. Desaparecieron de vista al instante. Manipulé el parapente, mientras pasé mi mano por su espalda hasta llegar abajo. Este día hice mal. Me dejé ver, igual que mis productos. Pero esta fue escurridiza. Sí. Me la gané de todos modos.

Manipulé el parapente, en dirección al lugar que pasaría la mejor noche con ella.”

ALFA Y OMEGA

Estado: Ocupado

Domingo 05/07/09 3:25 p.m.

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Ilustración:Extraído de página de Diego Molina

*****

Conmocionado, se tocó la cabeza con las manos temblorosas tratando de asimilar la realidad. Tenía que encontrar una explicación lógica y razonable en aquel episodio. Se miró las manos y la ropa, revisó la cerradura de la puerta principal y las ventanas, examinó el huerto. Con mucha cautela, decidió acercarse a examinarlo nuevamente. Estaba frío, sin pulsos ni latidos, igual que ayer.

 

A pesar de ser un hombre racional, por un momento temió que abra súbitamente los ojos y se eche a andar, por lo que trató no moverlo demasiado. Había leído alguna vez que aún después de muertas, algunas personas continúan moviéndose, aunque desprovistas de toda voluntad, como resultado de la lenta extinción de la circulación sanguínea. En las crónicas de la Edad Media recuerda haber encontrado el relato sobre un hombre condenado a muerte que, luego de habérsele cercenado la cabeza, se alejó dando tumbos hasta el final de la plaza, para finalmente caer a los pies de su esposa. Mentes místicas han interpretado eso como la lucha del cuerpo por aferrarse a la vida, o la posibilidad de sobrevivir a la muerte; quizá es lo que le sucedió a su compañero.

 

Pero la mañana anterior no tenía pulso ni latidos, no parpadeaba ni resollaba, estaba rígido como una escultura de mármol, clínicamente muerto; y ahora estaba frente a él, sentado y expresivo, como si conversara. Trató de razonar nuevamente: una vez vio a un mago hindú desacelerar su pulso hasta niveles críticos, a un norteamericano ordenar a su corazón que se detenga en un programa de entretenimientos bastante serio; la historia médica registra muchos casos de ahogamiento en el mar, en el que el individuo estuvo cerca de media hora bajo el agua y pudo sobrevivir.

 

Si bien aquellos antecedentes eran escasos para explicar lo que había ocurrido, le brindaban una idea propincua acerca de la capacidad del cuerpo humano para no doblegarse. Esto le tranquilizó mucho, y le permitió concluir que su compañero, como consecuencia de la inanición, entró en una especie de trance muy parecido a la muerte en sus síntomas, y que durante la madrugada había recuperado el conocimiento, para luego ingresar nuevamente a la casa. Y él mismo sabía de su condición, de allí que le hiciera ese extraño último pedido. Enterrarlo cuando estuviese bien muerto.

 

Quedaba ahora por establecer cuál era su verdadero estado en este momento.

 

Resuelto a no tomar decisiones apresuradas, esperó todo el día junto a él a que despertara. Lo extrañaba más ahora que antes, pues aunque de vivo casi no le dirigía la palabra, de muerto se convirtió en su confesor. Quizá era la culpa por haberlo sepultado tan prematuramente. Le arropó con suavidad una manta, frotándole los hombros; luego tomó dos tazas de porcelana y las puso en la mesa silbando la ribereña, que era la única melodía que podía recordar; inclinó la tetera sobre ellas y las llenó de café imaginario. Así permaneció hasta el anochecer, bebiendo sorbos de aire entre cada anécdota mal relatada.

 

La propia certeza de estar condenado a una muerte muy lenta, lo obligaba a rodearse de acciones cotidianas. Es extraño, pero cuando ya nada tenemos, nos aferramos a las cosas que menos valoramos. Aquella tarde lloró emocionado al observar la salida de una larva de su capullo, y sintió una pena profunda cuando las arañas del techo se lo devoraron. A veces cerraba los ojos durante un largo rato, tratando de recordar cuándo fue la última vez que le habló tiernamente a su esposa.

 

La noche fue una vorágine. Antes de sentarse a cuidar a su compañero desde el mueble, se le ocurrió una prueba de vida: tomó una pelusa de su camisa y la colocó en sus fosas nasales, para comprobar si durante la noche respiraba. Vigiló el cuerpo durante horas sin pestañear, esperando alguna reacción; pero no observó ningún movimiento. Desde la ventana, el viento ingresaba para agitar sus cabellos, sólo eso. A intervalos regulares, el sueño le hacía perder la noción del tiempo, como si desconectara involuntariamente sus sentidos y cayese rendido al abúlico sopor de la noche; pero tan pronto recordaba lo que estaba haciendo, se ponía de pie y estiraba vehementemente las cejas, respirando muy hondo.

Los rayos del sol lo sorprendieron absorto en sus divagaciones, contemplando a su compañero como quien contempla a un perro gruñendo sordamente. Cuando la luz terminó de llenar la habitación, se levantó para examinarlo de cerca. La pelusa estaba intacta, pero hizo otro descubrimiento: por acción del calor, el cuerpo empezaba a emanar los olores propios de la descomposición. Devastado, pero tranquilo de haber corroborado su muerte, procedió nuevamente a enterrarlo.

 

Hacía ya varios días que había dejado de escribir, y quiso retomar sus notas científicas. Tenía mucho que registrar acerca de este extraordinario evento que seguramente cerebros más preclaros y menos desgastados sabrán explicar. Recordó que también su compañero solía escribir mientras permanecían sin hablarse, y que incluso cuando su lapicero agotó la tinta, tuvieron que turnarse para tomar apuntes. Él lo hacía de día, mientras el occiso esperaba la quietud de la noche.

 

Al intentar ubicar los apuntes de su compañero, dedujo con cierto desdén que era muy probable que las haya enterrado con él, pues siempre las guardaba en sus bolsillos. De todos modos, pensó que la humanidad no se perdía gran cosa. La noche volvió como siempre, ensombreciendo despiadadamente sus fuerzas. Sin deseos siquiera de levantarse y trancar la puerta del jardín (una supersticiosa medida de prevención), cerró los ojos y desplomó su cabeza sobre el poyo del viejo sillón.

 

En las horas escasas que antecedieron al día no soñó nada, tal vez por cansancio. La noche surtió un mágico efecto reparador; pero al despertar, toda la energía de la que disponía para levantarse se evaporó ante el horrendo cuadro que tenía frente a sí: su compañero estaba nuevamente sentado a la mesa, cubierto de tierra, bañado en hedor, mirándolo fijamente igual que ayer, con las apergaminadas manos dispuestas en tono acusador; delgado y sereno como la muerte.

 

Un vértigo incontenible se apoderó de él, sacudiendo sus percepciones hasta sentir una dolorosa presión en las sienes. Las imágenes a su alrededor comenzaron a moverse mientras la vista se le nublaba lentamente. Desesperado, exhaló un tembloroso gemido mientras se dirigía a la cocina para coger un cuchillo. Al ponerse frente a él, le gritó:

 

- ¿Qué quieres de mí, maldito enfermo? He hecho todo lo que hemos acordado. Tú estás muerto ¿Entiendes? Muerto. Respeté tu decisión, ahora tú respeta la mía. Quiero que te quedes enterrado en el jardín. No existes más para nadie.

 

Lo cogió de hombros y lo tiró al suelo para arrastrarlo nuevamente hasta el hoyo, que empezaba a encharcarse. Luego se arrodilló y empujó la tierra que sobresalía con sus brazos, asentándola con golpes desesperados. Al ingresar a la casa, se aseguró de trancar la puerta con el picaporte y arrimó una silla contra la manija. Ahora lo único que le preocupaba era estar perdiendo la razón, motivo por el cual se aferró a sus apuntes mucho más. En sus notas analizaba largamente lo que estaba pasando, evitando explicaciones metafísicas, pero sin poder estar completamente satisfecho. A medida que se tranquilizaba, fue descartando posibilidades hasta convencerse de que la única explicación razonable era que alguien más estuviera en la casa; después de todo, era inmensa y sólo estaba ocupando la sala. A la derecha quedaba un corredor, y a mitad de él, una escalera conducía al segundo piso.

 

Imaginó que, probablemente, haya un sobreviviente más que asalta la habitación muy entrada la noche. Un hambriento, como él, que tal vez ahora esté agazapado en algún escondido armario, viéndolo reaccionar con insania, poniendo a prueba su cordura, aguardando para devorarlo en cuanto se abandone del todo. Con un último acopio de fuerzas, tapió la entrada al corredor con la mesa y aseguró la puerta de la calle con una barreta, enclaustrándose completamente en la sala. Luego retomó sus apuntes escribiendo, tembloroso:

 

- No me cogerán sano… No me cogerán sano.

 

Al principio se resistía tenazmente a cerrar los ojos y descansar, pero las extremas condiciones a las que estaba sometido desde hace días terminaron por abatirlo. En su memoria desfilaban los recuerdos de su hogar; la discusión con su esposa antes de partir, ella llamándolo desde la sala para hacer las paces, él alejándose sin escucharla, orgulloso y tirano, azotando la puerta por última vez. Mataría por oír su voz de nuevo. Pensaba ahora, desde la lejanía, en sus tontos planes de trabajar en el ministerio, conducir hasta Nauta de madrugada, terminar la novela que empezó hace tanto. La vida es tan frágil que no tiene sentido. Para cuando el sol se rendía ante la luna, se halló entregado a un pesado sueño.

Lo que pasó después sólo puede inferirse del estado en que se encontraron las cosas cuando el Ejército allanó la casa, dos días después. Al desoldar las bisagras de la puerta principal, encontraron a un hombre sentado a la mesa, con las manos extendidas y el cuerpo cubierto de tierra, dejando un rastro que venía desde el jardín. Por el avanzado estado de descomposición, se dedujo que había muerto hace días. Al pie de él, yacía un segundo hombre. Estaba tirado boca abajo, y probablemente no tendría más que unas horas de fallecido. Su cuerpo estaba cubierto de pústulas y escoriaciones, producto del rápido contacto con la misma bacteria que diezmó a la población. El descubrimiento más aterrador fue que había muerto apretando entre sus dedos una rata, cuya cabeza había cercenado con sus propios dientes.

 

Aunque hubieron muchas conjeturas en los periódicos, el informe final de los agentes estatales concluyó, basándose en el minucioso diario del último sobreviviente, que aquella mañana el escribidor se levantó nuevamente conmocionado, al encontrar por tercera vez a su compañero instalado en el mismo lugar, y que, como dejaba entrever en sus escritos, sospechó que estaba siendo manipulado por alguien que seguramente esperaba su muerte con ansias. Preso de la desesperación y sometido por alucinaciones incontroladas, prefirió contaminar su cuerpo con la mortal bacteria antes de ser devorado por aquel extraño imaginario, y la única forma que encontró fue mordiendo una rata infecta. Falto de defensas biológicas como consecuencia de la anemia grave, tardó sólo unos minutos en sucumbir a la enfermedad.

 

Lo ocurrido en aquella casa planteaba a los investigadores dos interrogantes principales. Primero ¿Cómo se mantuvieron inmunes a la bacteria? Y luego, tomando en cuenta el testimonio del escribidor, ¿cómo es que el cuerpo inerte de su anciano compañero aparecía cada mañana en el mismo lugar ? El informe ya referido con anterioridad, respondía contundentemente a la primera cuestión: la bacteria se había propagado a través del tucunaré, proveniente de los ríos contaminados por los desagües industriales. Ambos hombres eran alérgicos al pescado, por lo que nunca se contaminaron.

 

En cuanto a la segunda cuestión, se encontraron en el bolsillo del anciano sus propios apuntes, aquellas que el escribidor no quiso buscar, y que de hacerlo, hubieran significado el fin de sus ilusorios tormentos. En ellas, el último párrafo parece haber sido escrito con desesperación:

 

Perdí la cuenta de los días, sólo espero la noche para dormir y olvidarme de esta pesadilla. El dolor de estómago es fuerte, me canso de respirar, todo se vuelve oscuro. Mi compañero me da miedo. Hace cosas extrañas como levantarse de madrugada a buscar raíces en el jardín. Luego se sacude la tierra, se lava las manos y continúa durmiendo como si nada. A veces toma un cuchillo y escarba entre mis cosas. Una vez me tomó de los hombros y me obligó a levantarme, arrastrándome hasta la mesa. Me sonreía. He intentado detenerlo, pero creo que es malo despertar a un sonámbulo. Ahí está otra vez.

 

Link: Pánico en la vieja casa (I)

El shegue

Publicado: 10 agosto 2009 en Gino Ceccareli
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aeropuerto-6580

El pintor Christian Bendayán estuvo por Pucallpa hace ya varios meses recolectando obras de artistas amazónicos que están imbuidos en el tema del Ayahuasca para una gran exposición que estaba preparando para Lima.

Como el viaje fue financiado por el Centro Cultural de la Universidad de San Marcos donde se desarrolló la exposición, necesitaba recabar recibos y facturas para justificar sus gastos como se debe. Ya con su maletín en la mano se dirigió a la recepción del hotel donde se había alojado.

-Por favor, necesito que me prepare una factura con este nombre y el número de RUC. Regreso en una hora para recogerla, ya que tengo que ir al aeropuerto- le dijo Bendayán al recepcionista que se abanicaba con un periódico.

-No te preocupes- le contestó el astuto trabajador – al toque te lo preparo.

Efectivamente, una hora después, regresó y vio que el recepcionista dormía con la cabeza ladeada y la boca abierta. Tuvo que sacudirle para despertarlo y le pidió la factura. No estaba lista.

-Ahorita te lo hago- le dijo sacudiendo la cabeza.

Con toda la paciencia del mundo, jaló una silla hacia la computadora, prendió  un cigarrillo, le dio un par de pitadas mirando el humo que se dirigía al cielo raso. Bajó la vista y leyó como cuatro veces el nombre que debía escribir en la computadora, volvió a acomodar su silla, puso sus manos sobre el teclado y arrancó.

-Tic… tic… tac… tic…

Escribía despacio con un solo dedo, se equivocaba de letra a cada momento, borraba y seguía: tic… tic… tic… pasaron como siete minutos y levantando la cara le dijo a Bendayán:

-¿Este es número de RUC?

-¡¡SI!!

-Tic… tac… tic…

-¿Cuántos días estuvo en el Hotel?

-¿Acaso no está anotado ahí?

-Ah!, aquí  está… son cuatro días.

Sacó  su calculadora, sumó, se equivocó, volvió a sumar y encendió  otro cigarrillo.

-Son ciento veinte soles…

-Ya sé, porque ya pagué- dijo Bendayán visiblemente irritado.

-Tic… tic… toc…

-Un ratito ¿ya?, voy a pishir.

Regresó  del baño con un cigarrillo en los labios.

-¿Dónde estará  mi cenicero?… no le hallo.

-Por favor, termine.

Pasaron otros siete minutos y el recepcionista ¡terminó de escribir!

-Ahora hay que imprimir. Voy a buscar una hoja…

A estas alturas Bendayán temblaba…

Con toda la pachocha del mundo el recepcionista abrió cajones, rebuscó, se rascó el cuello, removió papeles en los estantes, bostezó  y, por fin, encontró lo que buscaba. Prendió la impresora, imprimió y le alcanzó para que revise.

-Oiga- dijo Bendayán –¡aquí falta una palabra!

-¿Ah, sí?  ¿Le puedo agregar a mano?

-¡Sí, pero apúrese!

El empleado se levantó y empezó a rebuscar en los cajones de todos los escritorios. Estuvo así como tres minutos hasta que dijo:

-Aquí  está- y le mostró una reglita con una sonrisa de triunfo en los labios.

En ese preciso momento salió un joven del Hotel y el recepcionista levantando el pulgar le dijo:

-¡Choche!, ¿Y? ¿Cómo estás oy?

-Bien- le dijo el otro alejándose.

Volvió  a mirar a Bendayán y le dijo:

-Es mi pata, hemos trabajado juntos antes…

Volvió  a tomar la reglita para escribir derechito la palabra que faltaba y de nuevo levantó la cabeza.

-Pero no aquí, hemos trabajado en otro Hotel. Era mi pata de trancas y…

-¡Carajo! Termine de una vez que voy a perder el avión.

-Tranquilo amigo, ¿no ve que me estoy apurando?

Le tomó  como tres minutos escribir lo que faltaba y le dio la factura a Bendayán que sudaba a chorros de pura rabia.

-¡Oiga, falta su firma!

-¿En serio? Yo estaba seguro que ya la había firmado… ¿qué gracioso no?

Cogió  la factura y con mucha paciencia volvió a remover todos los papeles que desordenadamente estaban en los cajones y sobre su escritorio buscando un lapicero.

-…no encuentro mi lapicero ya vuelta…

-¡Tome el mío y firme de una vez!!

A todo esto había transcurrido más media hora.

Bendayán salió  como un rayo a la búsqueda de un motocarro que lo lleve al aeropuerto.

Perdió  el avión.

Esa noche durmió  en otro Hotel y, demás está decir, pidió que le hagan la factura por adelantado.

El shegue sigue “trabajando”.