
El celular de mi abuelita suena. Mis escasos diecinueve años y la pereza inexplicable no me instan a levantarme a horas tan tempranas en un día típico de vacaciones. La única condición para abrir mis ojos y pronunciar mis primeras palabras es: “Llini G, tu profesora te llama”.
Una de ellas, mi máxima inspiración, estaba al teléfono. Mi respuesta estaba pronta en el tiempo más preciso, en la que la luna me quería tomar presa para siempre. Las pasiones juveniles y las locuras tempranas tienden a tocarnos en lo más profundo del ser, aunque a muchos que se dicen adultos les parezca la más insana de las locuras. Existen los sentimientos a edades tan tempranas, aunque como dijera un sabio que en una generación sin corazón como esta son el máximo tesoro.
La esperada respuesta fue algo indescriptible: personas que no entendían el lenguaje local, que no habían pisado un suelo de greda ni habían probado ninguna vez en su vida el delicioso sabor del aguaje en las mañanas, me necesitaban y a la vez a otros chicos más para extender su corazón a otras personas más desafortunadas que yo.
En el primer día pude ver todos los rostros de la vida: las sonrisas más irónicas que nadie podía imaginar me hacían sentir con ambos pies en el barro y la greda pegados intensamente. Los “por qué” revoloteaban en mi cabeza, mientras mis manos y mi corazón hacían un dúo perfectamente sincronizado. Mis manos actuaban lo más rápido posible, mi boca también. Tenía que ser el ave políglota y volar a diferentes partes de la sala para que ellos, los poco afortunados, tengan un poco de luz en su existencia, vitaminas en su sistema y una sonrisa al final del día.
Repartí abrazos, besos y quizás muchas pocas cosas más que tenía en mi mochila. Mi corazón latía a mil por hora por el hecho que el altruismo estaba reviviéndolo, era una pequeña dosis de electroshock a mi exageración en el espacio lunar.
Querer así a otros y dar mis manos, mi conocimiento y mis abrazos me hizo volver a la tierra que tanto me estaba esperando. Desesperadamente me llamaba para que no me pierda en una luna que con sus hechizos ya estaba tomándome presa y yo, adentro mío, me olvidaba de mi misma y ponía mis penas por delante…
(Dedicado a la labor maravillosa y altruista del Rotary Club – Amazonas)









