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Mis amigos Isaac Ocampo y Alberto Chirif comparten algunas notas que me han tenido pensando, reflexionando y analizando nuestra realidad amazónica en estos días de San Juan.

Isaac Ocampo, que es un tenaz y constante difusor de la cultura amazónica en su web Lorito.com.pe digitaliza una nota fechada en 1978, donde Alfonso Navarro Cauper,  bitácora viviente de la historia loretana del siglo XX, cuenta un poco los detalles de la celebración de San Juan en nuestra región.

En la nota, titulada “La Fiesta de San Juan Bautista, Patrón de Iquitos”, publicada el 23 de junio de 1978, Navarro Cauper nos cuenta algunos datos poco conocidos por el grueso de la colectividad. Por ejemplo menciona que desde los primeros años del presente siglo se organizaron en San Juan, aparte de la festividad religiosa, “alegres y divertidas fiestas sociales y populares amenizadas con pifano (especie de quena pequeña), tambor y bombo, para más tarde añadir el clarinete, la flauta, la concertina, el acordeón y la guitarra, y, seguidamente con orquestas de diversos instrumentos musicales”. También recuerda el recorrido que se hacía entre Iquitos y el primitivo San Juan (que estaba situado hace tres décadas a la altura del fundo Guayabamba, más tarde fue trasladado kilómetros más allá del Sur de su antigua posición), a pie, a caballo, a mulo, bicicletas y carretas. El cronista recuerda, además, a “gallardos jinetes montados en briosos corceles, como también mulos, que añadían a la romería un alto grado de distinción”. Puntualiza que la música nativa era interpretada constantemente, y sus variantes más bailadas eran el chimaichi y el citaracuy, mientras otras danzas convocadas eran la marinera, el vals, la polca, la mazurca, la samba y el maxixe brasileños.

Según Navarro Cauper, puntilloso y preciso en el dato histórico, la confirmación oficial de la festividad de San Juan Bautista, partió de la ordenanza del 15 de mayo de 1919 expedido por Monseñor Sotero Redondo y Herrera. Obispo de San León de Amazonas. En tanto, la Municipalidad de Iquitos tomó acuerdo señalando feriado el 24 de Junio, quedando instaurada la festividad y el patrón del pueblo de San Juan de aquél entonces. Muestra el caso del prefecto Temístocles Molina, quien en 1927 dispuso que no se considerara feriado dicho día. Igual, el pueblo celebró y se zurró en la disposición de dicha autoridad (militar, para más señas). El 9 de junio de 1956 se expidió un Decreto Supremo declarando feriado en Iquitos, refrendado por el Decreto Supremo Nº 32 del 9 de junio de 1965, que dice: “Declárese feriado en el Departamento de Loreto el día 24 de Junio de cada año, con motivo de celebrarse la tradicional fiesta de San Juan”

No me imagino ahora una celebración como las de antes. No me imagino antes una celebración como ahora, donde los puntos más altos serán los señores de grupos tan “magníficos” y “maravillosos” como Adammo y Líbido.

Alberto Chirif (gran analista de temas amazónicos, que hoy se presenta en un necesario debate sobre Bagua con los congresistas Lombardi e Isla), en cambio me hace recordar un drama cotidiano, infelizmente: el de los pobladores de la zona de Saramuro, distrito de Urarinas, bordeando la reserva Pacaya-Samiria, donde se han vertido 400 barriles de petróleo al río Marañón y se ha generado un grave daño ecológico y social.  Este drama, que no es de ahora y que ha sido negado por los responsables coyunturales, ha sido groseramente minimizado por el ministro de Energía y Minas, Pedro Sánchez, quien ha dicho que la cantidad vertida a las aguas “no es para alarmarse”, e incluso del mismo Ministro del Ambiente, Antonio Brack, oxapampino de nacimiento y supuestamente interesado en los temas que se refieren a nuestra selva.

Chirif comparte conmigo un manual sencillo pero imprescindible para entender algunos temas culturales desde el  pensamiento  del  pueblo  indígena  kukama  kukamiria, habitantes de la zona del derrame, escrito por los sacerdotes Miguel Ángel  Cadenas y Manolo  Berjón.

Algunas cosas valiosísimas son reproducidas, como una forma de entender por qué accidentes como el sucedido hace unos días son graves atentados a la forma de vida de una colectividad. Por ejemplo, los  kukama–kukamiria  piensan  que  cuando  una  persona  se  acuesta  con  sed,  su  cabeza  sale  del  cuerpo  en  la  noche  para  tomar  agua. También el que todo  ser  vivo  tiene  “madre”.  Estos  espíritus  forman  parte  de  la  vida.  El  ruido  y  la  contaminación  provocan  la  huida  de  las  “madres”  que  retirarán  a  los  peces. Por otro lado, bañarse  no  es  únicamente  “meter el cuerpo, o parte de él en el agua o en otro líquido, por limpieza, para refrescarse o con un fin medicinal”, sino entrar en comunión, habitar con la luna.  Para los kukama,  la  luna  es  agua.

Acotan Cadenas y Berjón: “la población  del  Marañón  no  ha  tenido  agua  potable.  Ni  la  Pluspetrol,  ni  las  autoridades  han  cumplido  con  un  servicio  humanitario  básico.  Algo  que  no  se  debería  negar  ni  a  los  enemigos.” Del mismo modo, comentan todas las plantas afectadas por la contaminación, que tienen importancia gravitante para la salud de la comunidad, como la guama, el gramalote, el putu putu, el ipururu. Se  han  encontrado  peces  muertos  con  las  branquias  machadas  por  el  crudo.  Finalmente, los autores recogen una frase vital del  líder  Indígena  kukama  Alfonso  López  Tejada:  “no  estamos  dentro  de  la  Reserva  (Nacional  Pacaya  Samiria),  la  Reserva  está  dentro  de  nosotros”.

Luego de leer todo esto, mi pregunta es simple: ¿Cuánto hemos hecho para mantener la tradición y la historia viva dentro de nuestras mentes y nuestros corazones?

¿Cómo habrán pasado las festividades de San Juan las 28 comunidades afectadas por el derrame de crudo?

¿Cuánto nos habremos acordado de aquellos, ciudadanos de provincia lejana, descendientes indígenas, mientras comíamos opíparamente y nos llenábamos de alegría sobredimensionada mientras la chiquititud se engolosinaba con los empalagosos de Ádammo y Líbido y el resto bebía cerveza por doquier?

¿Cómo será tomar cerveza e imaginar que loretanos como uno han visto su medio de vida ser pervertido por una mancha voraz, mortífera?

¿Cómo será tomar agua potable mientras en Urarinas no hay agua potable y ahora tampoco hay agua de río limpia para tomar?

¿Cómo será hoy celebrar San Juan en Saramuro? ¿Cómo será?

Extra: El reportero gráfico Teddy Arrué publica en Pro & Contra una serie de imágenes sobre las consecuencias del derrame en el río Marañón. Aquí algunas de las imágenes captadas por Arrué (la de arriba también es suya):

el irivenir

El otro día salí a caminar por las calles de la ciudad, solo. Hace tiempo que no lo hacía, en principio porque el tiempo ya no es tan planificado como antes. Además, porque, aunque uno no lo quiera aceptar, con los años la aptitud y la disposición para caminar se resiente. Hasta hace unas temporadas, podía caminar tres horas seguidas sin problemas, como una cuestión de deporte, de salud y placer, y podía fácilmente ir desde la Plaza 28 de Julio hasta el Aeropuerto sin ningún arrepentimiento, y podía subir a veces, los días menos congestionados, al puente sobre el colegio CNI, el polo empapado de sudor, escuchando música desde el Ipod. Ahora, no hago ni 30 minutos. Por eso, evidentemente, el sobrepeso de 6 kilos y la panza de reportero investigativo que ahora enarbolo J

Pero esta tarde que se hacía noche, absorto, el viento anunciaba lluvia, creo que era un motivo más que suficiente para caminar. Suave, sin exageraciones, uno llega a lugares que no pensaba e incluso va redescubriendo espacios que no se imaginaba. Volví un rato por sitios donde vivía o vive tantos amigos, tantos que ya no están. Me acordé cuando era un mozalbete flaquísimo que leía con pasión todo lo que cayese en sus manos, mientras ahí estaban, diferentes pero iguales, todas aquellas calles y todos aquellos parques y esos árboles vivarachos que se mueven al compás del viento y la cumbia.  Y ahí estaba el chifa antiguo, con otro nombre, pero con el indiscutible e insuperable sabor de antaño. Y por allí el olor de los parinaris y de tierra mojada y más allá el colegio de toda la vida. Y por ahí las avenidas, deterioradas quizás, pero envanecidas del mismo espíritu y de la misma voz de los ochenta.

Al retornar, decidí parar y recorrer visualmente los espacios inmemoriales del Malecón, antaño paisajísticos y ensoñadores. Una anciana, encogida y jorobada, con la carita como esculpida a machetazos, innumerables arrugas poblando su rostro, lentamente empezó a rodearme con la mirada. Su edad era indeterminada, pero era posible intuir que tenía muchos más de los que aparentaba. Tenía un vestido entero, floreado, de material simple. Usaba sandalias de suela de caucho y en sus cortos piececitos se vislumbraba algo de barro fresco. En varios momentos pareciera como si masticara algo. A lo lejos, unos nubarrones intensos se acercaban a la ciudad. Los árboles se mecían furiosamente, intuyendo que en épocas de cambio climático es difícil hacer pronósticos y mucho menos intentar desafiar a la naturaleza.

Fui yo quien le sonrió, medio en broma, medio en serio. Ella aún retaba mis ojos con los suyos. Estos eran más bien acuosos, más bien adormilados, pero ampliamente transparentes. El Malecón Tarapacá suele ser un extraño lugar para conocer gente.  La anciana no tenía visos de ser pobre, tampoco de estar abandonada a su suerte. Asumo, más bien, que el llamado de la tempestad, a contracorriente de la mayoría, la encontraba de pie al frente del suceso. Buscaba, más que alguien, algo. Me regala una sonrisa y exactamente son esos momentos cuando tú dejas que la duda y el resquemor se desvanezcan instantáneamente.

La anciana reía exactamente como se reía mi abuela María.

De pronto, una ráfaga de viento empezó a silbar. Era un ruido sobrecogedor, solitario, que acecha, que augura.  Invité a la anciana a guarecernos inmediatamente en un lugar menos expuesto. Ella aún reía, chasqueando sus dedos, silbando distraídamente un vals antiguo. El viento nos cogía los rostros, intentaba apoderarse de las farolas del malecón, quiere dominar las hojas, las plantas, los ventanales.  Las gotas se cernían con anárquico desdén. El pueblo se había guarecido. Esperaba la réplica de jornadas menos  edificantes.

Nos paramos exactamente debajo del techo del edificio más antiguo de Iquitos, mirando las sombras rugosas y ásperas que se iban ciñendo sobre Belén, la “gran callampa negra” (según Francisco Izquierdo Ríos). Le pregunté por qué andaba sola en un momento como ése. Me indica que lo hacía para que algunos curiosos tengan algo que preguntar. Su estruendosa risa era signo consciente de que me había agarrado desprevenido. Yo también me reí, consciente que la estaba pasando bien con alguien con quien nunca antes había conversado (el buen humor es siempre una terapia que vale la pena mantener).

¡Cómo ha cambiado Iquitos, antes de veritas era loma, me señala, mientras mira largamente la zona baja, en la cual se han acumulado montículos malolientes de desperdicios y residuos sólidos.  Me empieza a contar una historia. Había  una vez una loma, llamada Pijuayo Loma. Era verde y perfecta, desde su pendiente uno podía ver el rastro completo de una ciudad que recién empezaba a crecer, pero orgullosa portaba el estandarte de europea, arquitectónicamente hermosa, occidental y suntuosa en el más amplio sentido del término. Pijuayo Loma era un accidente geográfico descomunal, que poco a poco fue viendo el paso del tiempo y el crecimiento de las poblaciones, el reposo de los tiempos, los suaves arrullos de la calma. Poco a poco ese espacio dejó que el ruido, el caos y la pobreza le ganara la partida. Ahora, ella pasa por ahí y sentía que era increíble constatar que el tiempo ha ido destruyendo la memoria. Si ni siquiera se puede caminar ya por la loma, ahora hay que tenerle miedo a lo nuevo.

En mis manos ando con un ejemplar de La búsqueda del alba, de Germán Lequerica. Le digo que le puedo leer un párrafo. Ella escucha, mirándome fijamente. Cuando termino, ella me indica que ese señor era alguien muy inteligente que quería mucho a la Amazonía. Le pregunto si lo conoció. Ella me dice que no “pero una vez conocí al coronel Emiliano Vizcarra. Mi papá decía que era un hombre muy honesto que quería el cambio y la justicia para todos. Esos hombres ya no hay”, y empieza a silbar una tonada que puedo reconocer como el emblemático vals Bajo el sol de Loreto.

La lluvia que amenazaba a ser torrencial, súbitamente se calma y ahora una fina garúa cae en el panorama, ya nocturno. Le digo por qué a pesar del cambio, todavía hay cosas tan bonitas que se pueden encontrar a vista y paciencia. Ella, me dice que debe ser porque todos deberíamos ser buenos con nuestra ciudad y la ciudad sería buena con nosotros. Iquitos es hermosa, aunque no lo reconozcamos.

-          El día más lindo de mi vida de mi vida fue, cuando aún chiquita, mi papa nos sacó un rato de Pijuayo Loma y nos llevó a la Plaza de Armas a ver la Casa de Fierro y las pinturas que había hecho un señor muy famoso en el techo de la Iglesia Matriz. Al salir de la iglesia, empezó a llover una tempestad, pero me acuerdo cómo nos divertíamos con mis papás, jugando en la calle, jugando…

Nos despedimos pronto y le digo que debo aprender mucho más del pasado, para poder entender y apreciar el presente. Ella me dice que volverá, siempre vuelve por acá. Mientras tanto, empiezo a recordar. He estado muchas veces, solo y acompañado, en la ciudad, recorriéndola, y siento que existe una energía que la recubre y en el fondo la protege y que contagia todo lo que la rodea. Mientras caen las patitas de araña, y la calma se asienta desde la ventana, mientras el viento mueve tranquilamente las hojas de los árboles, uno no deja de pensar que Iquitos no solo es una urbe, sino también, al final, tu casa y tus recuerdos, y que cada espacio puede ser de todos, pero también es tuyo. Que mirar atrás no es malo si te permite vislumbrar mejor el mañana.

La anciana está afuera de esta sala y me espera, mientras termino este artículo, acompañada de una niña que podría ser su nieta. Me ha prometido que vamos a mirar Iquitos con cariño y alegría. Sospecho que la voy a pasar muy bien. No es para menos, tratándose de la noche, de un testimonio oral histórico de primera mano y, claro está, de esta extraordinaria ciudad.

madreselvaEn los códices del golpismo universal destaca la increíble asonada de un glotón irremediable, un sujeto dominado por la gula. El citado se llamaba Adonaís y, por su regalada voluntad, anhelaba el trono ajeno, el poder el otro. Pero no perdió su tiempo en sumar estrategias de emboscada, en desplegar maniobras de asalto. Y un bello día, cuando suponía que la ocasión era adecuada para derrocar el rey de entonces, adquirió veloces carros, reunió gentes levantiscas a caballo y contrató los servicios de 50 varones a pie. A ese contingente se enroló el sacerdote Avistar para bendecir a los revoltosos y que quería su parte en el futuro gobierno. El batallón mazorquero partió con un rumbo preciso y una meta inamovible.

El destino final de los golpistas era el palacio del rey David, y para demostrar el poder de convocatoria el cabecilla, a la altura de una peña, como para celebrar a lo grande y por adelantado el éxito de su faena, compró nutridos corderos,  gordas vacas y otros animales de preciada carne. Allí mismo se armó una suculenta asaduría  campestre y al aire libre. Entre los aromas que se expandían el golpista bíblico envió emisarios a invitar a los hijos del rey que quería destronar, a sus propios hermanos y a otras personalidades notables de Israel.

Entonces la mesa del golpe estaba servida. Está demás decir que los partidarios de David no acudieron a paladear las primicias del banquete. En el desborde de las mandíbulas móviles, de las partes tragadas, no faltaron algunos sobones  que lanzaron hurras al golpista como si ya fuera el rey. Pero no le había ganado a nadie todavía. No sabemos si el glotón conocía que el rey David estaba viejo y achacoso y andaba tendido en su cama. En esas circunstancias es que entró en el tenso escenario Betsabé. Para desmovilizar a las huestes refractarias no necesitó cocinar sus mejores platos, ni inventar suculento menú. La bastó recordarle al postrado soberano su promesa de entregar el cetro a su hijo Salomón.

El golpista de los placeres gastronómicos seguía empecinado en devorar las servidas carnes, cuando en la distancia estalló el retumbar de la trompeta oficial que anunciaba la coronación de Salomón como nuevo rey. Los sentados alrededor del banquete se sintieron aplastados, dejaron de comer con descaro y pusieron las gargantas, los vientres y los pies  en polvorosa. El sacerdote Aviatar se olvidó también de la mesa desbordada y desapareció de la vista de Adonaís que entonces se vio obligado a suspender su especial y culinaria asonada. Con la panza repleta, saboreando las últimas migajas de esas carnes incitantes.

El golpista de los placeres de las papilas gustativas, de los bolos alimenticios ingeridos, no huyó. Se castigo solo, colgándose de los cuernos del altar público. Allí, asido como un buey en la carnicería, esperó la represión inevitable. ¿Qué pensó Betsabé al verle suspendido en el aire sin ganas de comprar ganado ni mandar asar carnes? ¿Qué pensó ella cuando el culinario mazorquero se arrodillo presto y, cobardemente, pidió perdón para que el nuevo rey le perdonara la vida?

el bañodeluna

El trompeador y melenudo Sansón era un gigante de cuidado que acabó derrotado por las tijeras de la astuta Dalila. Convertido en calvo de repente, rapado al coco, perdió su energía brutal, el furor de sus entrañas. Otro que perdió soga y cabra fue un conocido orejón andino que ahora se le compara con el legendario Alejandro Magno, el primero que pensó seriamente en un imperio universal. La dama que estranguló los ímpetus beligerantes de Túpac Yupanqui no usó la estrategia de las emboscadas repentinas, no hizo trampas audaces, ni disparó un solo tiro de escopeta, porque en ese tiempo no todavía se inventaba semejante arma. Fue suficiente que ella sacara de sus adentros su corajuda naturaleza, su enconado carácter selvático. Era el año de 1450, hace 559 años.

 

            La varona de armas tomar, de índole revoltosa,  se llamaba Mamanchic. Era natural de Chachapoyas. En sus buenos tiempos, en su edad dorada, había vivido en el Cuzco, desempeñando una profesión relajada y hasta placentera: concubina del padre de Túpac Yupanqui. En el instante de la entrada del líder serrano, ella frecuentaba la vida retirada, pues se había jubilado de su antiguo oficio. En esas circunstancias fue que aconteció la ingrata noticia de que el conquistador de tantos territorios y vidas avanzaba hacia Chachapoyas con ganas de tierra arrasada, de muerte definitiva para todos los antisuyanos de esa parte del territorio de bosque y piedra. En ese tiempo, los conflictos entre el poder oficial y los Chachapoyas, el centralismo y la periferia verde, había arribado a un punto de estallido garrafal. Casi como ahora. Era inevitable el cruce de estrategias y armas. Entonces, mientras los chachapoyenses  se preparaban para defender la aldea amazónica, la Mamanchic decidió tomar al toro por las astas.

 

            La hembra citada se olvidó de arrumacos y melindres y recorrió la aldea llamando a toda mujer que estuviera dispuesta a dar un largo paseo. Horas más tarde fue posible ver una numerosa comitiva femenina que marchaba por el camino empedrado. Era suicida salir así como desafiando la ira nada menguada de Túpac Yupanqui. Pero la Mamanchic confiaba en su poder de convencimiento, en su capacidad de seducir a un varón que conocía desde hace años. Así fue como, al frente de sus bien armadas huestes, el Inca invicto se encontró cara a cara con un ejército de damas. De entre esas figuras surgió la antigua concubina que como en el cuento de Maupassant iba a cumplir un decoroso papel de liberación. Antes de que Túpac Yupanqui pudiera decir esta boca es mío o rebuznar de cólera, ella le recordó sus días en el Cusco, le habló de los muchos servicios que habían hecho al imperio los Chachapoyas  y le recordó a su difunto padre.

 

            En los no tan leídos ni comentados Comentarios Reales, el arribista Gracilazo de la Vega escribe sendas páginas sobre las palabras de la Mamanchic, creando un lirismo ingrato que sueña mal a los oídos. Pero menciona sin irritarse que Túpac Yupanqui se olvidó de sus intentos de acabar con esos amazónicos, ordenó la retirada a sus efectivos y pico espuelas. Años después volvió a entrar a la montaña persiguiendo sin piedad  a otra selvática, una concubina de nombre Mamaruntu, que le adornó la cabeza y huyó con un mozo amazónico. La prostitución montañera se remonta al ande incaico  y tiene que ver con la trata imperial de muchachas hermosas que cumplían labores de servilismo carnal.

 

            El guapeador y bronquista Sansón no recuperó las fuerzas anteriores a la peluquería repentina y, suicidamente,  derribó dos murallas y se llevó para la otra banda, la muerte a cientos de  cargantes y cargosos filisteos. Dalila escapó de la masacre. La Mamanchic también escapó de la masacre imaginada por el Inca vital. Y murió serenamente, lejos de los lances de alguna guerra. Es la primera heroína selvática y prefiguró o anunció a un linaje de mujeres corajudas que arriba a nuestros días. ¿Cuál  era el evangelio de esa mujer coraje, de esa dama de hierro, que en el momento crucial demostró tener un valor sin límites? Es posible sostener que su evangelio personal y, acaso secreto, era desbaratar los abusos del poder de turno, desarmar la maquinaria de un poderoso de ese tiempo.

Imagen: El baño de luna, de Gino Ceccarelli

indigenascaucheros

La tarde del 17 de abril de 1912 (según un documento del Dr. Luís Hernán Ramírez) fallecía  en Cerro de Pasco,el periodista Benjamín Saldaña Rocca. Tenía 52 años, la rúbrica dolorosa de una bala chilena y los sueños de un nuevo lance periodístico. Desde su primera estocada mortal  al imperio de Julio C Arana, cinco años atrás, la pasó huyendo de una ciudad a otra por una invisible persecución  que le creó desventuras y le acuarteló en el olvido histórico

Saldaña fue  un capitán condecorado de la Guerra del Pacifico (tal como él señala en una edición de La Sanción-Iquitos) cuyo idealismo de cambiar el mal por el bien le llevó  fundar siete periódicos, (tres en Lima, dos en Iquitos y dos en Cerro de Pasco), rebeldes desde los primeros párrafos y los siete murieron prematuramente sin cumplir sus deseos. Era un artesanal del periodismo.

Debió pasar a la inmortalidad porque fue el primero y no el oportunista Walt Hardenburg, el que reveló entre agosto y diciembre de 1907  a la opinión publica los pormenores de los asesinatos masivos de indígenas  que ocurrían en los campamentos caucheros, ubicados entre las cuencas de los ríos Putumayo y Caquetá, de propiedad del “civilizador”, Julio C Arana.

Décadas después se hizo el recuento de que fueron ejecutados 30 mil witotos y otros 10 mil quedarían flagelados de por vida.  Los mataban porque no extraían la cantidad de látex que exigían los administradores de los 42 campamentos caucheros de la Casa Arana y que después se convirtió en The Peruvian Amazon Co. Ltda, registrada en Londres.

Si las pruebas judiciales que condenan al ex Presidente Alberto Fujimori de violación a los derechos humanos, fueron en un primer momento denuncias periodísticas de un grupo probo de hombres-prensa, que se jugaron hasta la vida en la búsqueda de la verdad, antes de caer en los señuelos de millones de dólares con los que se atragantó la prensa peruana; las denuncias de Benjamín Saldaña Roca fueron las que más tarde condenaron públicamente a Julio C. Arana de responsable intelectual de unos de los peores genocidios racista de la historia de la humanidad que ocurrió en una pedazo de la amazonia, que nunca se supo si era peruana o colombiana.

REACCIONES DE SU DENUNCIA

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Las acusaciones de la Felpa y La Sanción y la propia denuncia formal de Saldaña del 9 de agosto de 1907 ante el Juez del Crimen de la novísima Corte Superior de Justicia, que a meses de establecerse en Iquitos estaba ya plagada de funcionarios corruptos, obligaron al gobierno peruano, presionado por la opinión publica internacional, investigar formalmente los escándalos del Putumayo.

En 1911, el encargo judicial de investigar los crímenes de los indígenas en los campamentos caucheros, Dr. Rómulo Paredes, enemigo acérrimo de Saldaña, reconoció mas tarde en una entrevista periodística,  que las denuncias de la Felpa y la Sanción eran autenticas. Paredes elaboro un informe de 3,000 páginas que determinaron que el Juez Valcárcel emitiera 230 órdenes de detención,  que nunca se cumplieron

El propio Julio C Arana cuando fue interpelado  el 9 de abril de 1913 en el Parlamento ingles ante la pregunta del liberal Charles Roberts ” si sabía que Saldaña Rocca acusaba a sus empleados de flagelar a los indígenas”, atinó decir que “en esos tiempos sus publicaciones fueron contradichas y descreídas  en toda la región”.

La Comisión Especial del Parlamento Ingles, que acusó en 1913 a Julio C Arana de ser el responsable de los asesinatos masivos en el Putumayo, se sustentó también, además del informe de Roger Casement, en varias ediciones de la revista londinense The Truth que publico a finales de 1909, a través del periodista G.C. Paternóster, las atrocidades cometidas en los campamentos de la Peruvian Amazon Co. Ltda.

Lo sorprende del caso es que Paternóster tenía como fuente periodística al norteamericano Walt Hardenburg   y lo que este declaraba  no eran otra cosas que las denuncias de Benjamín Saldaña Roca publicó a través  de La Felpa y La Sanción, como refiere el propio relacionista publico de Julio C. Arana, Carlos Rey de Castro en su libro salvavidas: “Los escándalos del Putumayo, Carta Abierta dirigida al cónsul  ingles Geo B. Michell” publicado en diciembre de 1913 en el que señala textualmente, capitulo de Falsedades e Insidias:

“Hardenbur solo dio a luz las acusaciones contra J.C. Arana y la The Peruvian Amazon Co.Ltda cuando llegó a la capital inglesa en 1909; siendo tales acusaciones, en su mayoría, la reproducción de los artículos de La Sanción y La Felpa, editados en Iquitos por el tristemente celebre libelista Saldaña Roca“.

Puede que estemos  ante un extraño caso de plagio periodístico  de a comienzos del siglo pasado; porque las denuncias del The Truh, que luego se extendió por todo el mundo, causó un gran malestar en el gobierno ingles que se vio obligado a reaccionar con una comisión investigadora. Y Walt Herdenburg, de quien se dice que fue un enviado del gobierno de Colombia, pasó a la  historia como testigo de excepción de la masacre. Richard Collier le consagra como un humanista en su obra “Jaque Al Barón”.

En cambio Saldaña pasó al anonimato eterno, alguien se encargó de borrarle de la historia porque sigue siendo una cita de pocas líneas en la copiosa bibliografía que se escribió sobre los acontecimientos de la época del caucho. Nadie le entendió y se afrontó solo, no solo contra un imperio del caucho, sino también con la prensa iquiteña pro aranista y la sociedad misma en su conjunto, que por esos años, dependía de la prosperidad económica de Julio C. Arana. Todo la actividad política, judicial, social y financiera de Iquitos daba vuelta en torno a Julio C. Arana.

No resistió la presión y fue obligado a salir de Iquitos. La última vez que se le vio en esta ciudad, según  Walt Hardenburg, fue una tarde de febrero de 1909 cuando era llevado, a empujones, hacia el malecón,  tenía el rostro hinchado por los golpes recibido de una gentuza, probablemente enviados por Pablo Zumaeta,  que momentos antes  había destruido su imprenta de la primera cuadra de la calle Morona. Era tipo flaco, alto de estatura, canoso y moreno. En la orilla del Amazonas le esperaba una embarcación que le trasladaría a Yurimaguas.

Nadie puede dar fe ahora si la acusación de chantajista que pesa sobre él, como señala Luís Hernán Ramírez, aranista  probo, se ajusta a la realidad. El expediente judicial de los crímenes del Putumayo, donde supuestamente estaban las peticiones escritas de Saldaña para su silencio, se quemó en la revuelta de 28 de octubre de 1998. El escritor Miguel Donayre, que estuvo revisando ese expediente, mucho antes que fuera arrasada la Corte Superior de Justicia de Loreto, debe tener conocimiento si el expediente del caso Arana contenía o no las pruebas negras de Saldaña. Y si estaban, quién sabe sino fueron artimañas, tal como sucedió con Walt Herdenburg, que fue acusado de falsificar un cheque con un monto diferente; sin embargo el propio Julio C Arana, ante la Comisión Especial del Parlamento, negó tener pruebas de Herdenburg sea un falsificador. Hoy se sabe que desde las denuncias de La Felpa y La Sanción, Julio C. Arana auspicio una campaña mediática a través de la prensa local, nacional e internacional, hasta donde se extendía los movimientos diplomáticos de Carlos Rey de Castro.

Saldaña no vio el final de Arana, nunca supo en realidad  que no se enfrentó al propio Arana, sino a un sistema salvaje, a intereses geopolíticos y una estrategia peruana que permitió que Julio Arana hiciera lo que quisiera, inclusive auspiciar los crímenes a inocentes, con tal de establecer la peruanidad de una geografía en disputa y evitar que Colombia se apodere unilateralmente de los territorios del Putumayo. Murió sin saber que  su denuncia saco a luz una desagradable caja de Pandora que provocó un revuelo judicial, diplomático, científico y literario que a largo del tiempo nunca determinaron que es lo que pasó en el Putumayo en el período del caucho, un acontecimiento que sigue en el misterio.

El mes de abril debe ser para recordar que hace 97 años falleció Benjamín Saldaña Rocca, aquel que tuvo la valentía de develar, cuando otros callaban, el asesinato de  miles witotos, que esclavizados eran obligados a extraer el látex que exigía Arana desde Londres para poder vender las acciones de la Peruvian Amazon Co. Ltda. Su audacia no esta considerada en la historia, pese a que podría ser una de las más importantes denuncias periodísticas del siglo pasado.

El Utero de Marita publica un video en el cual se observan las únicas imágenes del mítico vocalista de los Rolling Stones, Mick Jagger, en Iquitos, en 1981, durante el rodaje de Fitzcarraldo, la mítica película de Werner Herzog rodada en esta parte del planeta.

Aunque para los loretanos estas ineditas escenas no son nuevas (de hecho muchos los vimos a partir del estreno del documental Amazónico Soy, que incluye las mismas), resulta entretenido ver al Bocón haciendo chacota con las campanas de la Iglesia Matriz, acompañado de un grande de la cinematografía mundial  como Jason Robards, o preparando raspadilla.

Las imágenes inéditas pertenecen al documental de Les Blank, titulado Burden of Dreams, que narra detalles de la película. Tanto Jagger como Robards, quienes iban a estar originalmente en la película, enfermaron gravemente y tuvieron que retirarse. Así, a Herzog no se le ocurrió otra cosa que volver a Klaus Kinski en el papel principal y al conocido Huerequeque como secundario de lujo.

Link:  La desconcertante Monique Pardo conoce a Jagger en IQT.