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La niña de la cajita de bombones

Publicado: 21 septiembre 2009 en Aldo Lozano
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niña bombones

Echado en mi cama y por encima de mi propio y ferviente animo de no volver a fumar si no fuera necesario, y mientras reflexionaba en el tema, daba vueltas entre mis manos la dichosa cajetilla de “enrollados de cáncer” (como le decíamos en el colegio a los cigarrillos). En el momento que enciendo el primero, después de mucho pensar, me encuentro apensando el aquel invierno limeño al que siempre me recuerdan los puchos y del que nunca hablo, aquel tormentoso y desequilibrado invierno.

En ese instante vuelvo a mi cama cuando me doy cuenta que no había traído el cenicero. Estando a punto de levantarme se acerca a mí una niña de pulcro vestido amarillo, la cual me entrega una cajita vacía de bombones, la tapa está abierta y con la sonrisa sincera que todos tenemos a los 9 años de edad me dice: “para que no ensucies bota la ceniza acá”, y luego se va.

El invierno del 2000 fue realmente crudo y aún a los que estamos acostumbrados a recibir los castigos del frio limeño sentimos la necesidad de achomparnos de la mejor manera posible, pero en ese invierno no solo hubo frio sino también decepción, al sentir que la oportunidad de continuar con los estudios que seguía se me cerraban como quien cierra la puerta al indigente apestoso que nadie desea encontrar en su vereda.

La noche siguiente logró mi debilidad hacerme prender un nuevo cigarrillo, y mientras pensaba que esto se podría convertir en un mal habito, la dulce niña se apareció nuevamente con la misma cajita que yo usara de cenicero la noche anterior, después de un agradecimiento de mi parte y de una sonrisa por respuesta se retiro, dejándome absorto nuevamente en mis pensamientos.

El calante frio de la garua invernal limeña, que irrisoriamente moja, también trajo ese año la pérdida del amor de mi vida – de esa época – por causa de mi indiferencia a nuestra problemática relación, quebrada al desaparecer la esperanza de un hijo en camino, pero quizás la noticia que en verdad me carcomió silenciosamente por dentro, o terminar de hacerlo para ser exacto, fue que a mi progenitor le detectaron diabetes, duro golpe para los que con mirada infantil vemos a nuestro padre como el súper héroe invencible de los comics. Pero no solo fue la noticia, el hecho de verlo adelgazar, perder la compostura o derrumbarse en esos bruscos cambios de animo logró clavar en mi subconsciente una desesperación solo comparable la idea que la muerte me lo quitaría algún día.

La escena de mi extraña adicción por un cigarrillo antes de dormir, las cavilaciones sobre saber que algo olvidas, la frustración de no poder recordarlo y la dulce niña con su tierna cajita de bombones como cenicero se repitió por muchos días. El tiempo en este caso es extraño, la debilidad mental y física que causan algunos “efectos secundarios” son realmente crueles, tu mente pasa a ser indiferente al pausado, rítmico y milimétrico movimiento de las agujas envenenadas con vejez. Esta es mi razón – supongo – para no recordar con exactitud cuantos días  pasaron.

Aquel día en que por pedido de mis entrañables amigos de cofradía fui a visitar a una dama vestida de una impecable bata blanca, la cual me repetía que solo es “rutina” con cada test que me entregaba, mientras yo pensaba “solo he resuelto tantas preguntas en mi examen de admisión”. Pero lo raro vino cuando me preguntó qué pasa en las noches antes de dormir o cuando distraído del mundo mi mente se desconecta de la inconfesablemente triste realidad que parecía negar por momentos. Solo por ese pequeño instante de entera confianza con la dulce dama descubrí mi secreto de oscuras voces, que repetían frases incoherentes y sobre la dulce niña que siempre me visita durante las noches y a la cual por pedido propio le cuento cuentos fantásticos de hadas y duendes que la acompañaran antes de dormir.

Una calurosa noche loretana, la niña no apareció. En su reemplazo fueron a visitarme un grupo de amigos que preocupados, pues había estado enfermo esos días, decidieron ir a pasar la noche en mi casa. Mario me decía de manera burlona “qué no haría yo en mi casa si viviera solo”,  mientras Janeth que dulcemente con ese amor que se notaba en nuestras miradas, me entregaba una taza de café. Ya muy avanzada la noche y después de acomodar un par de colchones en la sala para seguir conversando con más comodidad, decidí encender un cigarrillo – pues ya se estaba volviendo un hábito triste debo admitir – en el momento de encender aquel paliativo de la ansiedad nuevamente apareció ante mí la dulce pequeña con su cajita ya tan conocida por mi nocturno y poco efectiva búsqueda de eliminar la tensión que causa la soledad.

La palidez de los rostros de mis nocturnos acompañantes mientras me preguntaban ¿Quién es ella?, solo es comparable con el color del día en que por prescripción médica empecé a consumir aquellos torturantes anti sicóticos que hasta hoy en día me acompañan esta rutina diaria llamada vida, y hablo de verdadera palidez, aquella que solo se logra en el encuentro inesperado entre algún evento sobrenatural y la realidad conceptual a la que estamos acostumbrados. En un estado de real incomprensión de la situación, pregunté casi al borde de la desesperación:

- ¿La pueden ver?.

Al terminar estas palabras la dulce niña de la caja de bombones volteó a verme y de una manera tan sencilla, como quien sabe que no será la primera ni la última vez que te encuentre de esa manera, me dijo: “Nos vemos Papá”

Een esa última palabra como un sueño del que despiertas lentamente desapareció frente a nuestro aun desorbitados ojos.

Era viernes aun lo recuerdo. Desperté vociferando un grito tal que los vecinos creyeron que estaban matando a alguien. Mi corazón latía tan rápido que de verdad creí que fallaría, sentía mi cuerpo mojado, como si hubiera sudado toda la noche, pero lo que quizás aun me hace recordar este atormentante episodio son las lágrimas que se esparcían por mi rostro a causa de la agridulce palabra “Papá”.