La abuela y la ciudad

El otro día salí a caminar por las calles de la ciudad, solo. Hace tiempo que no lo hacía, en principio porque el tiempo ya no es tan planificado como antes. Además, porque, aunque uno no lo quiera aceptar, con los años la aptitud y la disposición para caminar se resiente. Hasta hace unas temporadas, podía caminar tres horas seguidas sin problemas, como una cuestión de deporte, de salud y placer, y podía fácilmente ir desde la Plaza 28 de Julio hasta el Aeropuerto sin ningún arrepentimiento, y podía subir a veces, los días menos congestionados, al puente sobre el colegio CNI, el polo empapado de sudor, escuchando música desde el Ipod. Ahora, no hago ni 30 minutos. Por eso, evidentemente, el sobrepeso de 6 kilos y la panza de reportero investigativo que ahora enarbolo J
Pero esta tarde que se hacía noche, absorto, el viento anunciaba lluvia, creo que era un motivo más que suficiente para caminar. Suave, sin exageraciones, uno llega a lugares que no pensaba e incluso va redescubriendo espacios que no se imaginaba. Volví un rato por sitios donde vivía o vive tantos amigos, tantos que ya no están. Me acordé cuando era un mozalbete flaquísimo que leía con pasión todo lo que cayese en sus manos, mientras ahí estaban, diferentes pero iguales, todas aquellas calles y todos aquellos parques y esos árboles vivarachos que se mueven al compás del viento y la cumbia. Y ahí estaba el chifa antiguo, con otro nombre, pero con el indiscutible e insuperable sabor de antaño. Y por allí el olor de los parinaris y de tierra mojada y más allá el colegio de toda la vida. Y por ahí las avenidas, deterioradas quizás, pero envanecidas del mismo espíritu y de la misma voz de los ochenta.
Al retornar, decidí parar y recorrer visualmente los espacios inmemoriales del Malecón, antaño paisajísticos y ensoñadores. Una anciana, encogida y jorobada, con la carita como esculpida a machetazos, innumerables arrugas poblando su rostro, lentamente empezó a rodearme con la mirada. Su edad era indeterminada, pero era posible intuir que tenía muchos más de los que aparentaba. Tenía un vestido entero, floreado, de material simple. Usaba sandalias de suela de caucho y en sus cortos piececitos se vislumbraba algo de barro fresco. En varios momentos pareciera como si masticara algo. A lo lejos, unos nubarrones intensos se acercaban a la ciudad. Los árboles se mecían furiosamente, intuyendo que en épocas de cambio climático es difícil hacer pronósticos y mucho menos intentar desafiar a la naturaleza.
Fui yo quien le sonrió, medio en broma, medio en serio. Ella aún retaba mis ojos con los suyos. Estos eran más bien acuosos, más bien adormilados, pero ampliamente transparentes. El Malecón Tarapacá suele ser un extraño lugar para conocer gente. La anciana no tenía visos de ser pobre, tampoco de estar abandonada a su suerte. Asumo, más bien, que el llamado de la tempestad, a contracorriente de la mayoría, la encontraba de pie al frente del suceso. Buscaba, más que alguien, algo. Me regala una sonrisa y exactamente son esos momentos cuando tú dejas que la duda y el resquemor se desvanezcan instantáneamente.
La anciana reía exactamente como se reía mi abuela María.
De pronto, una ráfaga de viento empezó a silbar. Era un ruido sobrecogedor, solitario, que acecha, que augura. Invité a la anciana a guarecernos inmediatamente en un lugar menos expuesto. Ella aún reía, chasqueando sus dedos, silbando distraídamente un vals antiguo. El viento nos cogía los rostros, intentaba apoderarse de las farolas del malecón, quiere dominar las hojas, las plantas, los ventanales. Las gotas se cernían con anárquico desdén. El pueblo se había guarecido. Esperaba la réplica de jornadas menos edificantes.
Nos paramos exactamente debajo del techo del edificio más antiguo de Iquitos, mirando las sombras rugosas y ásperas que se iban ciñendo sobre Belén, la “gran callampa negra” (según Francisco Izquierdo Ríos). Le pregunté por qué andaba sola en un momento como ése. Me indica que lo hacía para que algunos curiosos tengan algo que preguntar. Su estruendosa risa era signo consciente de que me había agarrado desprevenido. Yo también me reí, consciente que la estaba pasando bien con alguien con quien nunca antes había conversado (el buen humor es siempre una terapia que vale la pena mantener).
¡Cómo ha cambiado Iquitos, antes de veritas era loma, me señala, mientras mira largamente la zona baja, en la cual se han acumulado montículos malolientes de desperdicios y residuos sólidos. Me empieza a contar una historia. Había una vez una loma, llamada Pijuayo Loma. Era verde y perfecta, desde su pendiente uno podía ver el rastro completo de una ciudad que recién empezaba a crecer, pero orgullosa portaba el estandarte de europea, arquitectónicamente hermosa, occidental y suntuosa en el más amplio sentido del término. Pijuayo Loma era un accidente geográfico descomunal, que poco a poco fue viendo el paso del tiempo y el crecimiento de las poblaciones, el reposo de los tiempos, los suaves arrullos de la calma. Poco a poco ese espacio dejó que el ruido, el caos y la pobreza le ganara la partida. Ahora, ella pasa por ahí y sentía que era increíble constatar que el tiempo ha ido destruyendo la memoria. Si ni siquiera se puede caminar ya por la loma, ahora hay que tenerle miedo a lo nuevo.
En mis manos ando con un ejemplar de La búsqueda del alba, de Germán Lequerica. Le digo que le puedo leer un párrafo. Ella escucha, mirándome fijamente. Cuando termino, ella me indica que ese señor era alguien muy inteligente que quería mucho a la Amazonía. Le pregunto si lo conoció. Ella me dice que no “pero una vez conocí al coronel Emiliano Vizcarra. Mi papá decía que era un hombre muy honesto que quería el cambio y la justicia para todos. Esos hombres ya no hay”, y empieza a silbar una tonada que puedo reconocer como el emblemático vals Bajo el sol de Loreto.
La lluvia que amenazaba a ser torrencial, súbitamente se calma y ahora una fina garúa cae en el panorama, ya nocturno. Le digo por qué a pesar del cambio, todavía hay cosas tan bonitas que se pueden encontrar a vista y paciencia. Ella, me dice que debe ser porque todos deberíamos ser buenos con nuestra ciudad y la ciudad sería buena con nosotros. Iquitos es hermosa, aunque no lo reconozcamos.
- El día más lindo de mi vida de mi vida fue, cuando aún chiquita, mi papa nos sacó un rato de Pijuayo Loma y nos llevó a la Plaza de Armas a ver la Casa de Fierro y las pinturas que había hecho un señor muy famoso en el techo de la Iglesia Matriz. Al salir de la iglesia, empezó a llover una tempestad, pero me acuerdo cómo nos divertíamos con mis papás, jugando en la calle, jugando…
Nos despedimos pronto y le digo que debo aprender mucho más del pasado, para poder entender y apreciar el presente. Ella me dice que volverá, siempre vuelve por acá. Mientras tanto, empiezo a recordar. He estado muchas veces, solo y acompañado, en la ciudad, recorriéndola, y siento que existe una energía que la recubre y en el fondo la protege y que contagia todo lo que la rodea. Mientras caen las patitas de araña, y la calma se asienta desde la ventana, mientras el viento mueve tranquilamente las hojas de los árboles, uno no deja de pensar que Iquitos no solo es una urbe, sino también, al final, tu casa y tus recuerdos, y que cada espacio puede ser de todos, pero también es tuyo. Que mirar atrás no es malo si te permite vislumbrar mejor el mañana.
La anciana está afuera de esta sala y me espera, mientras termino este artículo, acompañada de una niña que podría ser su nieta. Me ha prometido que vamos a mirar Iquitos con cariño y alegría. Sospecho que la voy a pasar muy bien. No es para menos, tratándose de la noche, de un testimonio oral histórico de primera mano y, claro está, de esta extraordinaria ciudad.
















Que bonito Paco!!:)
SER MÉDICO, UNA PASIÓN SIN REMEDIO Y SIN OPORTUNIDADES
Hace algunos meses, cuando terminé el colegio, decidí que mi futuro estaría ligado directamente con el mundo de la medicina, pues mi labor de servir y mis ganas de ayudar a los demás, no me permiten seguir otra carrera que no sea ésta. Sin embargo, este hecho no lo pude concretar hasta el día de hoy: la razón, no la sé. Me esforcé lo más que pude, trate de enmendar mis errores, seguí los consejos de mis profesores, pero aún así parece no ser suficiente. Entonces le pregunto al señor rector ¿Qué se necesita para ingresar a la única casa de estudios de la Amazonía Peruana?
Médicos que no respetan la vida, y olvidan el juramento Hipocrático que hicieron al salir de esta honrosa casa de estudios. Médicos que hacen mal su labor, y no tienen en cuenta la seriedad que implica el trabajar con una vida humana.
¿Cómo es posible que se dé esta realidad? Sinceramente me apena saber que esto, este sucediendo en nuestra ciudad (Iquitos), y que las autoridades pertinentes no muevan un solo dedo para cambiar esta situación.
Los requisitos que se piden para ingresar a esta carrera son realmente vergonzosos ¿Cómo es posible que en una carrera donde prime el respeto por la vida, se mida más la parte de conocimiento? Cuando el conocimiento es propio de un ser mecánico, y los principios morales y éticos son los que nos hacen humanos. Eso es lo que falta, personas desinteresadas dispuestas a salvar vidas.
Yo ingresé a la Facultad de Ingeniería de Sistemas. Soy un joven amazónico que se encuentra agradecido con este pueblo, y busca la manera de servir a ese pueblo que me trajo muchas alegrías y me abrió la puerta de muchos caminos.
Lucharé por mis ideales hasta donde mi cuerpo lo permita, y divulgaré este mensaje hasta obtener la respuesta que espero. Llegaré hasta el rincón más estrecho de este mundo virtual, y seguiré, y seguiré, hasta que ya no pueda más. Porque los grandes pensadores no fueron reconocidos, sino hasta lograr sus objetivos, y yo no pienso descansar hasta lograr el mío.
Flip (16 años)